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11 de agosto de 2006

Baloncesto

El domingo pasado fui con mi hermano G a ver el partido España-Argentina de baloncesto.
El partido estuvo entretenido a pesar de que en el tercer cuarto España iba ganando de 20 y de que Ginobili estuvo flojo y Gasol casi no jugó por una lesión de espalda. Los jugadores no se veían muy grandes desde las gradas, y eso que estábamos a unas pocas filas de la cancha. Se acabó el partido y nos tragamos un atasquito en las procelosas obras de la M30 mientras volvíamos a casa.
El jueves, ya en Gva, quedé con el JO para una pachanga de baloncesto. Yo estaba algo crecido porque el día anterior había ganado en un uno contra uno a un niño de 13 años pero bajito. Después de ganarle un par de partidas al J, apareció un muchacho de color al que enseguida propusimos jugar más unos contra unos. Nosotros normalmente nos defendemos tranquilamente, no vamos persiguiendo al rival por toda la cancha. El muchacho, que tendría unos 18 años, nos perseguía. Primero se folló al J y después fue mi turno. El tipo no me dejaba ni a sol ni sombra, no me podía ir de él. Así que tuve que luchar cada centimetro de terreno y tirarme unas cuantas manoletinas que, para sorpresa del público asistente, entraron todas. 5-1 p'al nene y nuevo turno del J, al que tras una lenta agonía se vuelven a follar. Yo estaba aún recuperándome del esfuerzo brutal del primer partido. En la primera jugada, el muchacho se sitúa en el poste bajo del lado izquierdo de cara al aro. Me hace una demostración de bote y cuando me tiene hipnotizado, arranca por mi izquierda y no puedo seguirle. En la siguiente posesión, falla un tiro de media distancia, cojo el rebote e intento hacer algo. Físicamente no doy más de mí y acabo perdiendo 5-0. En ese momento aparecen otro par de muchachos de color y acabamos echando un dos pa dos, muchachos de color contra treintaycuatroañeros de Madrid. Los muchachos de color se mueven a gran velocidad y se oye como se rompen las cinturas de los 34añeros. Nuestra inteligencia táctica y nuestra mayor experiencia consiguen maquillar el resultado y acabamos perdiendo 10 a 8. Al acabar de jugar estamos rotos, destrozados y conscientes de que nuestros mejores años baloncestísticos quedan (bastante) detrás nuestro. Aunque no todo tiene que ser competir y competir. Uno siempre puede jugar para divertirse, mecagüenlaputa.

3 de agosto de 2006

Abuelas, sobrinos y aire acondicionado

Aunque este relato parezca después del anterior, cronológicamente éste viene antes. Y esto es así porque el jueves pasado llegué a Madrid después de un vuelo revuelto y agitado. Llegué a casa y comprobé que el aire acondicionado que habían instalado en el salón funcionaba y bajaba la temperatura ambiente varios grados. El viernes vi a mi hermano y a mi sobrino mayor un rato y después quedé con Farruquito de la Conce, el Castor y el Pelucas. El Pelucas apareció más tarde con su novia V, la de la rima consonante, y sus compañeras de casa P y Sifón, una china que viene de un pueblo de un millón de habitantes. El hecho de tener público, y encima femenino, sacó lo mejor de nosotros mismos y el público femenino salió encantado de nuestra representación, aunque Sifón se descojonaba porque los hombres españoles nos tocamos mucho y en zonas donde los hombres chinos no se tocarían jamás. Aunque también es cierto que si juntas a F de la C y al P en el mismo barrio, el amor está en el aire y de ahí al tocamiento hay sólo un paso.
El sábado fui a ver a H, a casa de G y A, la última incorporación de la familia. Parece un muchacho tranquilo, aunque según sus padres estuvo dando la brasa toda la noche.Luego fuimos a S del R, viendo a la familia y a otros animales. A se ha hecho una piscina que se agradece mucho en plena canícula. Por la noche se me ocurrió invitar a F, mi primo, a venirse a casa a dormir para ir al rastro el domingo por la mañana. El muchacho se compró una camiseta de un grupo jevilón y un zippoide sin gasolina. De todas formas, en estos tiempos de consumismo desaforado ya no es lo mismo ir al rastro que cuando éramos jóvenes y teníamos menos poder adquisitivo. Por la tarde llevé a F a su casa y allí me quedé hasta las tantas viendo un (bodrio) filme en el que Al Pacino montaba su numerito particular y el Matthew McConeji lucía abdominales. Aproveché para que A me grabara unos cuantos episodios de los Soprano. Así los podré ver en mis ratos de ocio en Gva que serán numerosos los próximos meses.
El lunes volví a quedar con el P y V, en el pintoresco barrio de Lavapiés. Las terrazas de Argumosa estaban de bote en bote. Agradezco a mis queridos apigos el apoyo moral y psicológico de estos últimos días. Lo malo de esto es que luego me dará el bajón cuando llegue a Gva y me encuentre con el F de A todos los días y su bovinismo, en fin, a cosas peores he sobrevivido ¿o no?

Viveiro

Llegué a Lugo el martes al mediodía. Allí me estaban esperando F,A,S y Ella. S se iba a Santiago a las cinco, así que comimos en el centro de la ciudad y después de que Ella dejara a S en la estación de autobuses, nos fuimos a la playa. La playa esta no es como las horrorosas, salvo excepciones, playas mediterráneas. Son kilometros de arena, no están llenas aunque de vez en cuando llueve, hace frío o sopla el viento incluso en agosto. Según los indígenas, en dos meses de verano puede haber quince días de buen tiempo, así que tuvimos suerte porque nosotros tuvimos dos. El miércoles, después de comer, decidimos visitar Viveiro. Era una visita un poco a ciegas. Volvimos a tener suerte porque nada más entrar en la oficina de turismo nos dijeron que iba a empezar una visita guiada, gratis, en cinco minutos.
Nos apuntamos y apareció el guía, un historiador según lo que dejaron entender sus palabras de presentación. ¿Qué sabe usted de Viveiro, estimado lector? Probablemente lo mismo que yo sabía antes, es decir, nada. Pues resulta que Viveiro, presuntamente Vivarium para los romanos según demuestran recientes catas arqueológicas, ocupa un enclave estratégico sobre la ría del mismo nombre donde los romanos pusieron un puente. La ciudad romana daría cobijo a una pequeña guarnición para tener controladas a las tribus del interior. Una muralla, de la que sólo se conservan tres puertas medievales,la rodeaba. En la edad media los viveirenses sufren a los vikingos, a los que intentan evitar subiéndose al cercano monte de san Roque en una primitiva forma de turismo: tú te quedas en mi casa pero no me matas.
La ciudad, bajo dominio real, está controlada por cuatro familias: los Alfeirán, los Páez de Cora, los Vizoso y los Gallo que se dedican a nombrar alcaldes y cortar el bacalao una vez al año en la, ahora inexistente, iglesia de Santiago. Existían otras iglesias en la ciudad y hay también un plaza mayor, o de Nicomedes Pastor Díaz, político y escritor romántico al que se puede situar por detrás de Zorrilla y Bécquer en el escalafón de autores románticos en castellano. Es de destacar también su obra en galego. La estatua que le rinde homenaje en la plaza le representa erguido y maduro, aunque parece ser que era jorobado a causa de la tisis. En fin, en Viveiro también hay un callejón muy estrecho que formaba parte de la antigua judería y una fuente de agua donde los franceses fusilaron a un uno por ciento de la población masculina como escarmiento por rebelarse en tiempos de la invasión napoleónica. Otra hija de la villa es Maruja Mallo, pintora surrealista y protagonista de una agitada vida sentimental que incluye entre otros a Alberti, Neruda y Miguel Hernández. El hecho de que el guía hiciese más referencias a su periplo amoroso que a su obra fue acogido con críticas de A y Ella, que opinaron que de un hombre no se hubiera dicho con quién estuvo y con quién dejó de estar.
Fueron dos horas de visita muy bien aprovechadas y aprovecho estas líneas para felicitar a la oficina de turismo por su iniciativa. También es cierto que el guía, Suso, metió dos gazapos, uno al decir que Miguel Hernández fue un poeta español en el exilio y otro al decir que Godoy fue ministro de Fernando VII.
Acabó la visita, se nubló el cielo, chispeó, volvimos a la playa, cenamos y nos despedimos de F y A hasta más ver. Puede que la próxima vez que les vea ya tengan a su niña en brazos. Y suma y sigue.