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28 de agosto de 2006

Monte Emilius

Un fin de semana se avecinaba y con él el mal tiempo en toda la Francia. Un rápido vistazo a la meteo de los alrededores y, al final, una idea: subir al Monte Emilius en el valle de Aosta. Contaba para este plan con la participación de JO, cuya home partner se encontraba de curso en Escandinavia. Salimos el sábado por la mañana con algo de retraso sobre el horario previsto, un par de horas nada más. En el túnel del Mont Blanc encontramos algo de cola pero, para compensar, al salir al lado italiano un sol radiante nos esperaba. Dejamos la autopista poco antes de llegar a Aosta. La carretera sube hasta Cogne, dónde nos pertrechamos con un mapa de la zona, una hogaza de un kilo, un poco de queso y algo de salchichón. Volvimos al coche y subimos hasta el punto de partida. Allí, tras aparcar el coche a la madrileña, nos cargamos los macutos y comprobamos que la ruta que habíamos escogido ligeramente al azar era algo más larga de lo previsto. En fin, sólo eran las doce, teníamos toda la tarde por delante y aunque venían algunas nubes tampoco pintaba muy mal.
El camino ascendía por la ladera del valle, entre pinos. Ibamos acompañados por centenares de saltamontes que esperaban hasta el último momento antes de ser aplastados para saltar. Algunos parecían devorar los restos de sus congéneres. El saltamontes es un lobo para el saltamontes. Entre tan profundas reflexiones y respiraciones, el camino giró para dejarnos de cara al valle que tendríamos que ascender. Había allí una granja, arroyuelos varios surcaban los verdes prados y las vacas pastaban ajenas al paso de los excursionistas. Aprovechamos la ocasión para hacer un alto y acabar con un melón que llevaba JO en su mochila. El camino continuaba ascendiendo tranquilamente por los verdes prados del fondo del valle entre vacas y toros hasta que el verde dejó paso a las piedras, el camino se empinó y tras unos resoplidos llegamos al Col Le Garin, desde el que bajaríamos al refugio. Desde el collado, el camino bajaba por una pedrera hasta llegar a un río, seguimos el río y llegamos hasta el refugio. Nos quedamos impresionados por el buen estado del refugio. Además, teníamos la habitación grande para nosotros solos, porque los demás clientes tenían habitaciones dobles o cuadruples.Así sólo tendríamos que soportarnos nuestros ronquidos y no los de ningún extraño. El problema es que a pesar de haber salido con retraso del Pays de Gex y haber llegado al refugio por una ruta algo más larga de lo previsto, habíamos andado a buen paso (uno más que el otro) y eran sólo las cuatro y
la cena era a las siete y media. Tras asearnos un poco, tomar unas manzanas, leer unos libros, jugar a las damas y derivados y debatir sobre los usos y costumbres sesuales de la sociedad europea contemporánea resulta que eran sólo las seis y media y que estábamos muertos de hambre. Tras pedir permiso, y una jarra de vino, sacamos un salchichón y algo de pan, que para eso lo habíamos cargado hasta allí, y picoteamos un poco hasta que el momento esperado llegó. Primero vino medio huevo duro, recubierto con una mezcla espesa de aceite, perejil y un toque de ajo. A continuación, un rollito de carne picada con una salsa por encima. Sorprendidos por la calidad del aperitivo, vimos como se acercaba la lasagna, de la que dimos cuenta con la debida diligencia. Siguió carne asada con puré de patatas y de postre una especie de natillas blancas, muy buenas. A todo esto eran ya las nueve y cuarto. La cena había durado casi hora y media, pero el tiempo había pasado en un suspiro y crujir de dientes.
En fin, nos fuimos a dormir. Nos despertamos a las seis y a las siete estábamos de camino. Estaba nublado y de vez en cuando caían bolitas blancas del cielo. El camino sube por las morrenas del valle sorteando los distintos lagos que testimonian el pasado glaciar de la zona. Más arriba, una vez pasado el último lago, hay que seguir por una pedrera hasta llegar al passo dei cappuccini. La otra vertiente estaba soleada pero la cima no se distinguía bien, soplaba algo de viento y hacía frío. Pasado el col, había que seguir por la ladera hasta la cumbre. En el único paso con algo de intringulis había una placa y unas flores, en memoria de una señora que casualmente tenía la misma edad que mi señora madre pero que deduje que la debía haber diñado en ese pasaje hacía tres años. No somos nadie... Continuamos hasta arriba. En la cumbre, cubierta de una fina capa blanca, una madonna (para variar) y un grupo de montañeros (muy) maduros. Los montañeros, que vienen de Torino, nos encuentran muy simpáticos y nos dan té caliente y chocolate. En la cumbre hace frío y casi no se ve nada, las nubes tapan la vista hacia el norte, hacia el valle de Aosta y las montañas de la frontera suizo italiana, así que nos bajamos y en el passo nos ventilamos una tortilla de calabacines que el JO lleva cargando desde ayer. La bajada por la pedrera la llevamos más o menos bien. Continuamos por el camino pero para evitar tener que remontar mucho hasta el col Le Garin, atajamos por unas pedreras infernales, de bloques enormes que nos dejan al pie del col. En 20 minutos (unos más, otros menos) estamos en el col y desde allí sólo nos queda deshacer lo andado hasta el BMW. Llegamos, nos cambiamos, bajamos a Aosta, nos tomamos unas cervezas y cenamos. Hacemos la vuelta de noche y llegamos al pays de Gex sin contratiempos. Algo cansados y doloridos porque ya no somos unos jovenzuelos, pero en el fondo, tampoco estamos tan mal.

11 de agosto de 2006

Baloncesto

El domingo pasado fui con mi hermano G a ver el partido España-Argentina de baloncesto.
El partido estuvo entretenido a pesar de que en el tercer cuarto España iba ganando de 20 y de que Ginobili estuvo flojo y Gasol casi no jugó por una lesión de espalda. Los jugadores no se veían muy grandes desde las gradas, y eso que estábamos a unas pocas filas de la cancha. Se acabó el partido y nos tragamos un atasquito en las procelosas obras de la M30 mientras volvíamos a casa.
El jueves, ya en Gva, quedé con el JO para una pachanga de baloncesto. Yo estaba algo crecido porque el día anterior había ganado en un uno contra uno a un niño de 13 años pero bajito. Después de ganarle un par de partidas al J, apareció un muchacho de color al que enseguida propusimos jugar más unos contra unos. Nosotros normalmente nos defendemos tranquilamente, no vamos persiguiendo al rival por toda la cancha. El muchacho, que tendría unos 18 años, nos perseguía. Primero se folló al J y después fue mi turno. El tipo no me dejaba ni a sol ni sombra, no me podía ir de él. Así que tuve que luchar cada centimetro de terreno y tirarme unas cuantas manoletinas que, para sorpresa del público asistente, entraron todas. 5-1 p'al nene y nuevo turno del J, al que tras una lenta agonía se vuelven a follar. Yo estaba aún recuperándome del esfuerzo brutal del primer partido. En la primera jugada, el muchacho se sitúa en el poste bajo del lado izquierdo de cara al aro. Me hace una demostración de bote y cuando me tiene hipnotizado, arranca por mi izquierda y no puedo seguirle. En la siguiente posesión, falla un tiro de media distancia, cojo el rebote e intento hacer algo. Físicamente no doy más de mí y acabo perdiendo 5-0. En ese momento aparecen otro par de muchachos de color y acabamos echando un dos pa dos, muchachos de color contra treintaycuatroañeros de Madrid. Los muchachos de color se mueven a gran velocidad y se oye como se rompen las cinturas de los 34añeros. Nuestra inteligencia táctica y nuestra mayor experiencia consiguen maquillar el resultado y acabamos perdiendo 10 a 8. Al acabar de jugar estamos rotos, destrozados y conscientes de que nuestros mejores años baloncestísticos quedan (bastante) detrás nuestro. Aunque no todo tiene que ser competir y competir. Uno siempre puede jugar para divertirse, mecagüenlaputa.

3 de agosto de 2006

Abuelas, sobrinos y aire acondicionado

Aunque este relato parezca después del anterior, cronológicamente éste viene antes. Y esto es así porque el jueves pasado llegué a Madrid después de un vuelo revuelto y agitado. Llegué a casa y comprobé que el aire acondicionado que habían instalado en el salón funcionaba y bajaba la temperatura ambiente varios grados. El viernes vi a mi hermano y a mi sobrino mayor un rato y después quedé con Farruquito de la Conce, el Castor y el Pelucas. El Pelucas apareció más tarde con su novia V, la de la rima consonante, y sus compañeras de casa P y Sifón, una china que viene de un pueblo de un millón de habitantes. El hecho de tener público, y encima femenino, sacó lo mejor de nosotros mismos y el público femenino salió encantado de nuestra representación, aunque Sifón se descojonaba porque los hombres españoles nos tocamos mucho y en zonas donde los hombres chinos no se tocarían jamás. Aunque también es cierto que si juntas a F de la C y al P en el mismo barrio, el amor está en el aire y de ahí al tocamiento hay sólo un paso.
El sábado fui a ver a H, a casa de G y A, la última incorporación de la familia. Parece un muchacho tranquilo, aunque según sus padres estuvo dando la brasa toda la noche.Luego fuimos a S del R, viendo a la familia y a otros animales. A se ha hecho una piscina que se agradece mucho en plena canícula. Por la noche se me ocurrió invitar a F, mi primo, a venirse a casa a dormir para ir al rastro el domingo por la mañana. El muchacho se compró una camiseta de un grupo jevilón y un zippoide sin gasolina. De todas formas, en estos tiempos de consumismo desaforado ya no es lo mismo ir al rastro que cuando éramos jóvenes y teníamos menos poder adquisitivo. Por la tarde llevé a F a su casa y allí me quedé hasta las tantas viendo un (bodrio) filme en el que Al Pacino montaba su numerito particular y el Matthew McConeji lucía abdominales. Aproveché para que A me grabara unos cuantos episodios de los Soprano. Así los podré ver en mis ratos de ocio en Gva que serán numerosos los próximos meses.
El lunes volví a quedar con el P y V, en el pintoresco barrio de Lavapiés. Las terrazas de Argumosa estaban de bote en bote. Agradezco a mis queridos apigos el apoyo moral y psicológico de estos últimos días. Lo malo de esto es que luego me dará el bajón cuando llegue a Gva y me encuentre con el F de A todos los días y su bovinismo, en fin, a cosas peores he sobrevivido ¿o no?