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28 de abril de 2008

Vuelta a 4000

Después de muchos años (¿siete?) sin subir a 4000 metros y aprovechando el transitorio estado de buena forma en el que me encuentro, me apunto de sopetón a la salida al Gran Paradiso. Una decisión de última hora, porque uno de los monitores del club de rando decide cambiar su salida y unirse al grupo inicial. Aunque por falta de plazas en el refugio Chabod, subiremos desde el Vittorio Emanuele. Somos siete, y empezamos a subir el sábado a la una con un sol de justicia y poca nieve, tan poca que tenemos que cargar con los esquís un buen rato. Después de la pausa picnic, podemos calzarnos los esquís y en un pis pas estamos en el refugio. La tarde pasa entre cervezas con limón, vino y patatas hasta la hora de cenar. A las ocho nos echan del comedor, porque el refugio está tan lleno que hay dos turnos de cena. Momento que aprovecha Ph, el chef de course, para mostrarnos las ventajas del iPhone en montaña, con la proyección de Casino Royale.

Paso una noche típica de refugio, sin pegar ojo, y a las cinco salgo del saco porque el frío y la altura, como de costumbre, me han desajustado el intestino. Tras la visita al signor Roccia, nos ponemos el traje de esquiador alpinista y comienza la ascensión. La nieve está dura pero aguantamos sin poner las cuchillas. La primera parte de la ascensión es relativamente tendida, pero al llegar a 3000 m se empina la cuesta hasta que llegamos al pie del glaciar, donde se nos une el grupo que viene del refugio Chabod. Hace un viento fortísimo y nos ponemos toda la ropa que llevamos. Seguimos hasta el depósito de los esquís, a unos 3800 m, y allí nos calzamos el piolet y los crampones y remontamos las últimas pendientes hasta la cresta cimera.

Un atasco monumental impide moverse en los últimos metros y convierte la sencilla trepada en un asunto peliagudo cuando tienes que pasar por encima, debajo o al lado de los alpinistas atascados. Sentado en una peña, a 4060 metros, con el vacío por detrás y con la masa rodéandome por los otros lados, empiezo el descenso hasta el depósito con la satisfacción de la ascensión bien hecha. El antiguo alpinista ríe por dentro: está de vuelta.

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21 de abril de 2008

Männliflue

El sábado por la noche se unen al ya de por sí cosmopolita grupo, un italiano y un belga. A la mañana siguiente, empezamos a andar a las siete y veinte y estamos en la cumbre, 1300 metros más arriba, a las once de la mañana. Se anuncia buen tiempo, pero empeorando por la tarde, aunque nosotros solo vemos buen tiempo, con un sol de justicia, mientras subimos por la ladera del pico. El sol nos deja ver, no como ayer, la inclinación de la pendiente. Pero la nieve está bien y se sube más o menos tranquilamente. La bajada me mosquea, pero la nieve sigue estando bien, y en pocos minutos todos estamos al pie del pico. Solo nos queda descender el valle, por el que me he arrastrado por la mañana, hasta los coches.

Ventajas de madrugar, a las dos estamos cómodamente instalados en un bar del pintoresco pueblo de Horboden. Con las cervecitas, las patatitas, el solete, el viento y, allí al fondo, la nieve por la que hemos venido hasta aquí, cada uno desde un sitio.

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Albristhorn


Se juntan un holandés, una francesa, un polaco, un austriaco, un alemán, un suizo y este español. A las cuatro de la mañana del sábado, cuando el español sale de casa, llueve a todo llover. A las ocho de la mañana, ya con los esquís en los pies, nieva. En la subida, sopla el viento mientras subimos por un espolón algo empinado que, gracias al viento, no se ve.



El asunto acaba en una arista emocionante en la que, de nuevo, la falta de visibilidad juega a nuestro favor.



Al llegar arriba, el cielo se despeja. Nos esperan toneladas infinitas de nieve polvo. El español, que ha hecho una ascensión modélica hasta cien metros antes de la cumbre, protagoniza un descenso de supervivencia hasta que la pendiente disminuye un poco y puede ya encadenar los giros sin sufrir terribles dolores en las piernas. Ahora ya solo queda prepararse para la subida de mañana. El camino hasta el albergue donde pasaremos la noche es un recorrido pintoresco por los valles alpinos en el mejor estilo Heidi, pero con Subarus por todas partes y un fino olor a estiercol: es tiempo de abonar.

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