Como ya venimos comentando, uno de los problemas principales en la ciudad de Mad actualmente es el uso compartido del espacio público. Convertidos los automóviles en dueños de la ciudad, algunos ciclistas, temiendo por sus vidas, se lanzan a las aceras a hacer slalom entre los peatones, a los que no les queda sitio donde meterse. Es por eso, ya que estoy de R estos días, que cuando veo a un niñato subido en una bici de payaso que baja a toda hostia por la concurrida acera de los impares de la Gran Vía, se me ocurre abrirme a ver qué hace. Lo que hace es pasar pegadito a mí, así que le suelto un golpe en el brazo. Se da la vuelta, empieza a insultarme. Respondo y, para su sorpresa, empiezo a correr detrás de él. Hay que aclarar que no soy un superhéroe al uso cualquiera, así que he visto que la posible confrontación es, si no ganable, al menos jugable. El tipo sigue bajando a toda hostia por la acera mientras grita "¡Me quiere pegar!", lo cual no es del todo exacto, ya que lo quiero es reeducarle. En fin, llegados al cruce con plaza de España le pierdo, le vuelvo a ver subiendo por Leganitos pero ahí ya me despista y se queda sin su reeducación.
Al volver a la Gran Vía, un señor me felicita por mi campaña anti-velocípedos en la acera y le digo que no hay de qué, a servir, para eso estamos. Pero las palabras de este señor me demuestran que la bici está dejándose de ver con simpatía: los coches las detestan, como lo han hecho siempre, y los peatones se están hartando de tanto gilipollas por la acera. A pesar de que los colectivos ciclistas intentan recuperar la calzada, que es por donde hay que ir, cada día se ve más acerista y se masca la tragedia.
18 de agosto de 2014
12 de agosto de 2014
38 mm
Llega el verano y vuelven las pulsiones consumistas. Como decía el bardo, este el tiempo del cambio, el futuro se puede tocar... También decía más cosas, pero centrándonos en lo que nos ocupa, que es el trastorno cameril, héteme aquí que el otro día estuve viendo fotos de las que hacía con mi antigua cámara y, en verdad os digo, vi algo en ellas que me llamó la atención. De todos es sabido, al menos de todos los trastornados, que los sensores pequeños tienen más profundidad de campo a igualdad de apertura del diafragma, con lo que te quedan más cosas enfocadas. Pero no sé si era eso o lo que me llamó la atención fue la distancia focal empleada. Distancia de 3.2 mm, que en su equivalente para sensor de 35 mm correspondería a una lente de 38 mm (o una de 24 o 25 en APS-C).
Esta revelación me hizo plantearme la adquisición de una nueva lente, pero mi ángel de la moderación me susurró al oído que ya tenía un 24mm, en el zoom que venía con la cámara y que es algo engorroso para sacarlo a paseo y que además no es capaz de vencer la fuerza de la gravedad y se sale cuando va boca abajo. Pero en fin, si no voy a comprar más cosas no voy a comprar más cosas, me ponga como me ponga y se estire el zoom lo que se estire. Es duro sobrevivir al verano madrileño y más duro aún resistirse a las pulsiones consumistas y retornar al antiobjetismo puro y duro, pero si tengo un 24, tengo un 24. Y ya está.
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