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12 de agosto de 2014
38 mm
Llega el verano y vuelven las pulsiones consumistas. Como decía el bardo, este el tiempo del cambio, el futuro se puede tocar... También decía más cosas, pero centrándonos en lo que nos ocupa, que es el trastorno cameril, héteme aquí que el otro día estuve viendo fotos de las que hacía con mi antigua cámara y, en verdad os digo, vi algo en ellas que me llamó la atención. De todos es sabido, al menos de todos los trastornados, que los sensores pequeños tienen más profundidad de campo a igualdad de apertura del diafragma, con lo que te quedan más cosas enfocadas. Pero no sé si era eso o lo que me llamó la atención fue la distancia focal empleada. Distancia de 3.2 mm, que en su equivalente para sensor de 35 mm correspondería a una lente de 38 mm (o una de 24 o 25 en APS-C).
Esta revelación me hizo plantearme la adquisición de una nueva lente, pero mi ángel de la moderación me susurró al oído que ya tenía un 24mm, en el zoom que venía con la cámara y que es algo engorroso para sacarlo a paseo y que además no es capaz de vencer la fuerza de la gravedad y se sale cuando va boca abajo. Pero en fin, si no voy a comprar más cosas no voy a comprar más cosas, me ponga como me ponga y se estire el zoom lo que se estire. Es duro sobrevivir al verano madrileño y más duro aún resistirse a las pulsiones consumistas y retornar al antiobjetismo puro y duro, pero si tengo un 24, tengo un 24. Y ya está.
8 de agosto de 2013
Safari post-pulsiones
Qué fuerza de voluntad la mía. Nada que no arregle una visita al CI. Al llegar a casa, me encuentro con un pepino en las manos de peso y longitud considerables. Los primeros intentos son muy frustrantes: aquello se mueve mucho y no hay manera de enfocar correctamente. ¿Qué he hecho?, me pregunto. Pero la respuesta está en el selector de VR, está desconectado. Una vez activado, empiezan a salir mejor las cosas, así que la mañana siguiente salgo de safari de camino al trabajo.
Este simpático macho de turdus merula se lleva el premio al primer pájaro sorprendido por el pepino. Lamentablemente, los barrotes despistan un poco pero por lo demás, este simpático bicho, a una distancia de unos cuatro metros se ve de tamaño respetable y semienfocado. Continuemos.
Estas hirundo rustica no están muy allá, pero estaban por lo menos a diez metros de donde estaba yo. Si hubieran sido, por poner un ejemplo, unos gyps fulvus, otro gallus gallus domesticus habría cantado.
Ya en el centro, y aprovechando que tengo que pasar por personal, fotografío los pasillos del edificio 1, que conservan el toque años 70. La planta está vacía porque es temprano y es la hora del desayuno.
Vaya, ¿qué es esto? Un serinus serinus tamaño cagarruta. Entre el tamaño del especimen ( inferior al de un passer domesticus ), el color camuflaje y su natural desconfianza, esto es lo que se puede sacar. ¿Habré hecho el canelo?
Puede. Pero un poco más adelante encuentro dos serinus serinus, macho y hembra, pastando en el cesped. Siguen siendo pequeños, pero son distinguibles.
Por lo menos las aves de tamaño respetable, como esta columba palumbus, quedan de tamaño respetable, también. Doy gracias a la vida por las aves de tamaño respetable. Mientras le saco cien fotos a la columba en cuestión, un milvus no especificado sobrevuela la dehesa pero el autofoco no atina con él. Mecachis.
Sí, señoras y señores: todas estas especies se pueden ver en la DdlV. Por cierto, ya que estamos, los apus apus han desaparecido de los cielos de Mad. El silencio invade las calles.
Y para terminar, una hembra de turdus merula subida a una rama huyendo de mí y de mi pepino. Al principio pensé que podía tratarse de un turdus philomelos, pero según mi web de referencia, el turdus philomelos tiene el vientre blanco y creo que no es el caso.
Este simpático macho de turdus merula se lleva el premio al primer pájaro sorprendido por el pepino. Lamentablemente, los barrotes despistan un poco pero por lo demás, este simpático bicho, a una distancia de unos cuatro metros se ve de tamaño respetable y semienfocado. Continuemos.
Estas hirundo rustica no están muy allá, pero estaban por lo menos a diez metros de donde estaba yo. Si hubieran sido, por poner un ejemplo, unos gyps fulvus, otro gallus gallus domesticus habría cantado.
Ya en el centro, y aprovechando que tengo que pasar por personal, fotografío los pasillos del edificio 1, que conservan el toque años 70. La planta está vacía porque es temprano y es la hora del desayuno.
Vaya, ¿qué es esto? Un serinus serinus tamaño cagarruta. Entre el tamaño del especimen ( inferior al de un passer domesticus ), el color camuflaje y su natural desconfianza, esto es lo que se puede sacar. ¿Habré hecho el canelo?
Puede. Pero un poco más adelante encuentro dos serinus serinus, macho y hembra, pastando en el cesped. Siguen siendo pequeños, pero son distinguibles.
Por lo menos las aves de tamaño respetable, como esta columba palumbus, quedan de tamaño respetable, también. Doy gracias a la vida por las aves de tamaño respetable. Mientras le saco cien fotos a la columba en cuestión, un milvus no especificado sobrevuela la dehesa pero el autofoco no atina con él. Mecachis.
Sí, señoras y señores: todas estas especies se pueden ver en la DdlV. Por cierto, ya que estamos, los apus apus han desaparecido de los cielos de Mad. El silencio invade las calles.
Y para terminar, una hembra de turdus merula subida a una rama huyendo de mí y de mi pepino. Al principio pensé que podía tratarse de un turdus philomelos, pero según mi web de referencia, el turdus philomelos tiene el vientre blanco y creo que no es el caso.
5 de agosto de 2013
Pulsiones veraniegas III
(NdlR. Los pocos días que he pasado entre LP y LA han prácticamente anulado mis pulsiones consumistas. No sé si habrá sido la dieta de choco, roncaor, anchova y sargo o el avistamiento de las bandadas de phoenicopterus roseus, los ejemplares de chroicocephalus ridibundus y bubulcus ibis o la motacilla flava cerca de las marismas del río Piedras. Lamentablemente, es posible que la reincorporación al trabajo haga resurgir dichas pulsiones.)
En la entrega anterior había salido de la tienda con un camarón ( relativamente barato, pero camarón ) y me había puesto a hacer fotos. Hasta ahí, todo bien, sin pulsiones de ningún tipo más allá de fotografiar hasta el hastío.
Pero en mayo hice el curso de rapaces y vi que los monitores iban equipados con sus telescopios, lo que les permitía avistar con un nivel de detalle al que no llegan los modestos prismáticos. Breves pesquisas me hicieron darme cuenta de que el telescopio vuelve a ser una trampa saducea, un poderoso reclamo para el débil de espíritu aquejado de pulsiones consumistas, un pozo negro de entre muchos cientos y pocos miles de euros para el bolsillo del consumidor alienado. Más aún, un telescopio tiene adaptadores que permiten acoplarlo a una cámara fotográfica, por unos cuantos cientos de euros más, y poder así hacer fotos en las que se vean las amígdalas del petirrojo en vez de la ridícula mancha paseriforme que consigue un servidor con su modesto teleobjetivo sacado al máximo o la decepción que supone ver cómo el buitre que te ha pasado a pocos metros por encima de la cabeza queda un poco pequeñito en el centro de la foto.
Por supuesto, el telescopio, e incluso la cámara si nos ponemos, necesita un trípode y una rótula. Por supuesto, el consumidor informado no comprará cualquier ñorda en el Lidl, sino que se volverá a gastar otros varios cientos de euros en el cojotrípode de fibra de carbono ( el peso importa ) y en la megarótula que permitirá que tu cámara, con tus petaobjetivos, no se mueva ni un nanómetro cuando pulses el disparador ( con su mando a distancia, claro ) Pero el susodicho consumidor informado, aun asumiendo la falacia que supone informarse sobre dispositivos cuya adquisición no responde a ningún criterio de utilidad, puede que se encuentre armado con varios miles de euros en material y que las fotos del petirrojo sigan siendo manchas churretosas si no se dan las condiciones lumínicas adecuadas o si el petirrojo no coopera quedándose quieto el rato suficiente para hacer los ajustes pertinentes.
Los expertos siempre empiezan diciendo que lo que importa de verdad es el ojo del fotógrafo pero siempre añaden que cuando el fotógrafo se vea limitado por su equipo, es el momento de pasar al modelo siguiente en la gama, o dos modelos más allá.
Resumiendo, la fotografía es una afición que puede resultar muy cara. Los fabricantes sacan modelos cada año que mejoran, teóricamente, los modelos del año anterior y la supuesta modularidad de las réflex no es más que un sacacuartos disfrazado de gilipollez artística y tecnológica. No seáis débiles, no piquéis: arrojad vuestras cámaras al precipicio y huid como de la peste de los falsos profetas.
En eso estoy. No sé si podré. La cámara me ha costado una cierta cantidad de dinero y yo soy muy mirado para eso. Y soy sólo uno, y estoy rodeado. Y el 70-300 es un objetivo asequible. Quizá el petirrojo me salga más grande la próxima vez si lo uso. ¿Y el 80-400?...
(continuará)
26 de julio de 2013
Pulsiones veraniegas II
Pero un veneno se había introducido en mi organismo y, poco a poco, se fue apoderando de mi ser. En los meses de verano del 2012, devoré incansablemente toda la información disponible en la red sobre cámaras reflex intentando disfrazar de racionalidad una decisión que carecía completamente de ella.
Qué momentos de gozoso placer culpable, leyendo los informes de dpreview, del cameralabs, de cnet y hasta de Ken Rockwell, personaje cibernético que levanta amores y odios entre los fotografidictos solo comparables a los de Belén Estebán.
Aperturas, programas, exposiciones, ISOs, ruidos, aberraciones cromáticas, bordes laterales, disparos por segundo, autoenfoques de 11, 39, 51 puntos, sensores DX o FX, megapíxeles, buffers, raw y jpgs, todos estos términos desfilaban delante de mis ojos en una sucesión ininterrumpida de pruebas y comparaciones.
Así que cuando ya me había decidido por un modelo para principiantes avanzados me dirigí una tarde a una tienda donde permitían tocar los cacharros. Cogí la cámara en cuestión y fui incapaz de sacar una foto con ella, los controles me desbordaban. Agarré una cámara de la competencia y me salió la foto a la primera, así que consumé la compra y salí corriendo de allí, avergonzado.
Pasó casi un año hasta que volví a leer una página de estas. Me había curado. O eso pensaba yo.
(continuará)
Qué momentos de gozoso placer culpable, leyendo los informes de dpreview, del cameralabs, de cnet y hasta de Ken Rockwell, personaje cibernético que levanta amores y odios entre los fotografidictos solo comparables a los de Belén Estebán.
Aperturas, programas, exposiciones, ISOs, ruidos, aberraciones cromáticas, bordes laterales, disparos por segundo, autoenfoques de 11, 39, 51 puntos, sensores DX o FX, megapíxeles, buffers, raw y jpgs, todos estos términos desfilaban delante de mis ojos en una sucesión ininterrumpida de pruebas y comparaciones.
Así que cuando ya me había decidido por un modelo para principiantes avanzados me dirigí una tarde a una tienda donde permitían tocar los cacharros. Cogí la cámara en cuestión y fui incapaz de sacar una foto con ella, los controles me desbordaban. Agarré una cámara de la competencia y me salió la foto a la primera, así que consumé la compra y salí corriendo de allí, avergonzado.
Pasó casi un año hasta que volví a leer una página de estas. Me había curado. O eso pensaba yo.
(continuará)
25 de julio de 2013
Pulsiones veraniegas
Escribir alivia. Puede que me quede una entrada un poco larga, pero me he estado leyendo este verano juego de truños y he llegado a la conclusión de que si alguien puede escribir cinco mil páginas de auténtico despropósito sin haber acabado aún de contar la historia, yo mucho peor no lo puedo hacer.
Llevo unos días arrastrado como un yonqui cualquiera y lo único que alivia temporalmente mis penas es leer páginas y páginas de comentarios sobre máquinas fotográficas, objetivos y telescopios terrestres: sofisticados dispositivos que pueden llegar a costar varios miles de euros. Qué placer sería poder comprarlos todos, como por ejemplo el 600mm f/4G ED AF-S VR por 8.865,21 € de nada, para poder fotografiar todo lo fotografiable con tu super-equipo, cargadito de focales fijas y variables.
No me he comprado nada. Aún. La pulsión consumista es muy fuerte, y más viendo que tienes los billetes en el banco muertos de risa cuando podrían utilizarse para satisfacer tus más bajas pasiones. Y a la mierda la política anti-objetos. En fin, ¿cómo he llegado hasta este punto?
Puede que todo empezara en el colegio. No sé si se debería mandar a los niños al colegio, sobre todo sin poder elegir los compañeros. Las probabilidades de que un niño se contagie de la imbecilidad social circundante son elevadísimas y se convertirá, si sus padres no lo remedian, en un elemento. En nuestra época eso llevó claramente al consumismo marquista desaforado. No querría estar en la posición de mis padres en aquel tiempo y les agradezco sobremanera que no me asesinaran. Yo lo habría hecho en el supuesto de que se hubiera dado la paradoja temporal necesaria.
Después del instituto mejoró algo la cosa y en la carrera creo que me relacioné con gente relativamente sana, si descontamos el alcoholismo que sufríamos muchos por aquel entonces. Por lo menos cuando iba al monte no bebía, aunque el montañismo moderno es una afición muy dada al cortaviento último modelo, a la chaquetita de plumón ligero, a mi super saco y a las mega botas. Así que aunque dormíamos en el suelo al lado del coche por no pagar un hostal o un albergue y comíamos tortellinis del DIA con tomate frito, llevábamos nuestras decenas o centenas de miles de pesetas en material.
Terminamos la carrera, nos pusimos a trabajar y empezaron a entrar los billetes. En ese caso, un hombre tiene que tener un coche. El consumo de alcohol había disminuido, aunque empezaban a vislumbrarse tendencias como el esnobismo enológico o el gastronómico. Además, el aumento de capacidad económica permitía estar a la última en todos los campos de la tecnología, desde el teléfono hasta el equipo de música, la televisión, la cámara de fotos, el PC. En fin, todo perfectamente dispuesto para que nos volvamos gilipollas y se nos pase la vida buscando el siguiente gadget definitivo, ese que al cabo de dos o tres años estará olvidado en el fondo de un cajón.
El deporte siempre estuvo ahí. Para hacer deporte no hace falta más que ganas, se supone. Craso error. Incluso correr, que es una actividad que no requiere tanta equipación como, por ejemplo el hockey sobre hielo, requiere que lleves la camiseta nopezonfrotting y el pantalón que no roza, aparte del calcetín chachi guai y la zapatilla customizada. No hablemos si te da por la bici o por el esquí.
Pero hablemos de fotografía. No sé en que año me compré una cámara pequeña. Llevaba pilas de las normales, no ocupaba nada y yo estaba muy satisfecho con las fotos que hacía. Era todo automático, una point and shoot que se dice en la jerga. Hace un par de años se me escacharró en medio de un viaje, pero por aquel entonces yo me encontraba plenamente afianzado en mi política anti objetos y recuperé una cámara de mi hermano G que, aunque no le cerraba la tapa de las pilas, funcionaba perfectamente y hacía fotos que no estaban mal.
(continuará)
Llevo unos días arrastrado como un yonqui cualquiera y lo único que alivia temporalmente mis penas es leer páginas y páginas de comentarios sobre máquinas fotográficas, objetivos y telescopios terrestres: sofisticados dispositivos que pueden llegar a costar varios miles de euros. Qué placer sería poder comprarlos todos, como por ejemplo el 600mm f/4G ED AF-S VR por 8.865,21 € de nada, para poder fotografiar todo lo fotografiable con tu super-equipo, cargadito de focales fijas y variables.
No me he comprado nada. Aún. La pulsión consumista es muy fuerte, y más viendo que tienes los billetes en el banco muertos de risa cuando podrían utilizarse para satisfacer tus más bajas pasiones. Y a la mierda la política anti-objetos. En fin, ¿cómo he llegado hasta este punto?
Puede que todo empezara en el colegio. No sé si se debería mandar a los niños al colegio, sobre todo sin poder elegir los compañeros. Las probabilidades de que un niño se contagie de la imbecilidad social circundante son elevadísimas y se convertirá, si sus padres no lo remedian, en un elemento. En nuestra época eso llevó claramente al consumismo marquista desaforado. No querría estar en la posición de mis padres en aquel tiempo y les agradezco sobremanera que no me asesinaran. Yo lo habría hecho en el supuesto de que se hubiera dado la paradoja temporal necesaria.
Después del instituto mejoró algo la cosa y en la carrera creo que me relacioné con gente relativamente sana, si descontamos el alcoholismo que sufríamos muchos por aquel entonces. Por lo menos cuando iba al monte no bebía, aunque el montañismo moderno es una afición muy dada al cortaviento último modelo, a la chaquetita de plumón ligero, a mi super saco y a las mega botas. Así que aunque dormíamos en el suelo al lado del coche por no pagar un hostal o un albergue y comíamos tortellinis del DIA con tomate frito, llevábamos nuestras decenas o centenas de miles de pesetas en material.
Terminamos la carrera, nos pusimos a trabajar y empezaron a entrar los billetes. En ese caso, un hombre tiene que tener un coche. El consumo de alcohol había disminuido, aunque empezaban a vislumbrarse tendencias como el esnobismo enológico o el gastronómico. Además, el aumento de capacidad económica permitía estar a la última en todos los campos de la tecnología, desde el teléfono hasta el equipo de música, la televisión, la cámara de fotos, el PC. En fin, todo perfectamente dispuesto para que nos volvamos gilipollas y se nos pase la vida buscando el siguiente gadget definitivo, ese que al cabo de dos o tres años estará olvidado en el fondo de un cajón.
El deporte siempre estuvo ahí. Para hacer deporte no hace falta más que ganas, se supone. Craso error. Incluso correr, que es una actividad que no requiere tanta equipación como, por ejemplo el hockey sobre hielo, requiere que lleves la camiseta nopezonfrotting y el pantalón que no roza, aparte del calcetín chachi guai y la zapatilla customizada. No hablemos si te da por la bici o por el esquí.
Pero hablemos de fotografía. No sé en que año me compré una cámara pequeña. Llevaba pilas de las normales, no ocupaba nada y yo estaba muy satisfecho con las fotos que hacía. Era todo automático, una point and shoot que se dice en la jerga. Hace un par de años se me escacharró en medio de un viaje, pero por aquel entonces yo me encontraba plenamente afianzado en mi política anti objetos y recuperé una cámara de mi hermano G que, aunque no le cerraba la tapa de las pilas, funcionaba perfectamente y hacía fotos que no estaban mal.
(continuará)
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