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29 de agosto de 2011

Tejera Negra

Tras la traumática experiencia burgalesa, y antes de emprender el camino al sur, decidimos buscar algo fresco por la zona centro. Tarea difícil, dadas las altas temperaturas y la falta de gusto de los autóctonos por los bosques. Yo no había estado nunca en el hayedo de Tejera Negra. En otoño, con la caída de la hoja, parece que hay que pedir autorización para ir pero en verano resulta que no. Y para allá fuimos. El sitio está cerca de Madrid, en línea recta, aunque para llegar allí hay que rodear la sierra bien por el norte, cosa que hicimos a la ida, o bien por el sur. Una vez allí, y dada nuestra afición a madrugar llegamos a la una, hacía calor, pero estábamos altos y soplaba un vientecillo fresco bastante agradable. Además, había árboles, bastantes, y se estaba a la sombra la mayor parte del tiempo. Un sendero sale del aparcamiento, sigue el río y en un momento dado empieza a subir entre rebollos. Cada poco se van encontrando postes dedicados a bichos, árboles y arbustos de la zona, con lo que nuestro elevado ritmo de marcha se ralentiza un poco al tener que leer tanta información sobre robles, retamas, brezos, hayas, tejos y demases. Cuando finalmente entramos en el hayedo, una reliquia botánica en la zona, la temperatura baja de golpe y, por un momento, nos olvidamos del valle de Losa y de la terrible estepa castellana.

21 de agosto de 2011

Polvo, sudor y hierro

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos,
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Las lecturas infantiles tienen mucho peligro: uno lee poemas de cides cabalgando cociéndose en su propio jugo y decide no caminar jamás por la terrible estepa castellana en verano. Hasta que un día otras lecturas le confunden y acaba en el susodicho terrible lugar en la mejor época del año.

Antecedentes
En posts anteriores, dejábamos Mad tomada por las juventudes católicas del mundo entero. Aparte, o Dios o el Diablo se habían conjurado para que las susodichas, de nuevo, juventudes se cocieran en su propio jugo, otra vez. Lo malo es que el calor no distinguía entre juventudes católicas y madrileños habituales, así que todo el mundo se cocía en su propio jugo.

Decisión
Vayámonos al norte. Compremos una tienda ultraligera, aprovisionémosnos y huyamos.

El viaje de ida
El GR85 empieza en Villasana de Mena. Para llegar allí hay que ir a Burgos y cambiar de autobús. Aprovechamos para visitar Burgos, es bonito, pero hace el mismo calor que en Madrid. Además, el diseñador de plazas sin sombra también ha pasado por aquí. Anuncios de la JMJ, puestos de morcilla, catedral en restauración, el río Arlanza, opípara comida a base de carnes y volvemos a la estación de autobuses a coger el Burgos-Bilbao que nos dejará en nuestro destino. El autobús sale con poca gente y para en pueblos en los que no da la impresión que viva nadie, pero sube y baja gente. Cruzamos el Ebro. En Villarcayo y Medina de Pomar, los pueblos grandes de la zona, sube y baja más gente aún. Al estar tan cerca de Bilbao, hay mucho bilbaíno de vacaciones y resulta más fácil ir a Bilbao que a Burgos, como luego pudimos comprobar. El caso es que tras dos horas y algo de ruta, el autobús desciende un puerto entre la niebla y llegamos al fin a Villasana de Mena. Encontramos el hostal, cenamos algo y dormimos.

Villasana de Mena - Castrobarto
La guía da 15 kilómetros hasta Castrobarto. La guía es de 2002 y tenemos la impresión de que el boom inmobiliario también se dejó notar en Villasana. Lo que era un camino entre campos se transforma durante el primer kilómetro en camino entre chalets. Pero el resto del camino es muy agradable, además hace fresco y está nublado, con lo que el sol no nos machaca. El camino cruza un par de pueblos, Vallejo y Siones, donde paramos a coger agua y ver las iglesias. El camino se mete en el monte, entre robles y hayas, para subir al puerto de la Magdalena. Amenaza tormenta, pero se calma y cuando llegamos al puerto, luce el sol. Paramos a la sombra de unos pinos para comer algo. Una pista lleva hasta Castrobarto, ya sin sombra, pero no hace mucho calor y sopla un poco de viento, así que llegamos al pueblo. Tomamos unas cervezas en el bar y una chica nos ofrece un terrenito en el centro del pueblo para plantar la tienda. Aceptamos la oferta y vamos a ver la iglesia, donde mi cámara de los últimos años muere por un error en la óptica. Esto nos impedirá documentar gráficamente el resto del viaje. Cenamos embutido y una sopa de sobre mientras el cielo se ennegrece y empiezan a caer rayos a lo lejos. Nos embutimos en la tienda cuando caen las primeras gotas y cae un tormentón sobre nosotros. La tienda se porta estupendamente, pero es pequeñita, así que dos adultos con mochilas caben malamente. Si uno de los adultos está delgado, mejor. Dormimos.

Castrobarto - Quincoces de Yuso
Desmontamos el tenderete y nos despedimos de los propietarios del terreno. Pasamos por el bar a tomarnos un café y charlamos con un jubilado del banco de Bilbao cuya mujer es de Castrobarto y que vienen aquí a pasar el verano por el frescor y la tranquilidad, pero en invierno ni se acercan. En invierno sólo hay veinte vecinos y en los pueblos de al lado dos o tres. Nos dice que hoy soplará el viento del sur y que hará calor. Cerca de la iglesia otra señora, de Basauri y de vacaciones, nos cuenta las excursiones que ha hecho por la zona, el valle de Losa. Salimos por un camino entre campos. De momento está nublado y se va bien, pero empieza a hacer calor. En Villalacre una señora nos dice que mal día para andar. Subimos a la loma de la Pelada entre encinas y desde allí bajamos a Villaventín. Cogemos agua. Las marcas no están muy claras en este pueblo y la cosa empeorará en los siguientes. En Castresana te mandan por una pista asfaltada sin ningún encanto y sin ninguna sombra. Las avispas zumban en nuestros oídos. La indignación crece. En el penúltimo pueblo nos cruzamos con un señor mayor que nos dice que es el día más caluroso del verano y que la fuente del pueblo está seca, que eso no había pasado nunca. Llegamos finalmente a Quincoces, por donde hemos venido una cruz indica a los que hacen el camino en sentido contrario que no es por ahí, pero sin embargo hemos visto marcas durante el trayecto. En fin. Buscamos alojamiento. Durante la cena vemos en la tele que mañana hará más calor, así que tras la terrible experiencia castellana de hoy, nos damos mus.

Viaje de vuelta
Acostumbrados a la oferta de transporte público en Mad, uno siempre se nota raro cuando llega a un pueblo y sólo hay un autobús al día. En la estación de Burgos nos chocó ver el anuncio de transporte a la demanda. Si quieres viajar desde alguno de estos pueblos semiabandonados, llamas a un número gratuito y te pasan a buscar, pero sólo algunos días por semana. El caso es que tras mucho preguntar, descubrimos que un autobús nos lleva de Quincoces a Bilbao a la una y media. Aceptamos pulpo. Paramos en Bilbao lo suficiente para comer algo y comprar el billete a Mad. En el camino cae un tormentón a la altura de Lerma. Llegamos y dormimos.



16 de agosto de 2011

JMJ

Llega el Papa y anochece en Mad, en el día en que todo ocurrió. Preparo la huida y voy del norte al sur, desde el enclave dominicano-tetuaní hasta Orcasitas city, pasando por el imperio chino-usero y todo está lleno de camisetas rojigualdas JMJ 11, show Christ's face to the world, jarl, no puedorl. Volviendo de Orcasitas, veo grupos numerosos de católicos franceses que han tomado los parques y las sombras de este simpático barrio madrileño, con sus banderas, sombreros y camisetas rojigualdas. Mi cosmopolitismo y mi tolerancia me ayudan a responder las dudas de un grupo de jóvenes cristianos franceses que souhaitent savoir comment arriver au centre. Les respondo, sí, aunque mi subconsciente, cada día más violento y exagerado, se pone a pensar en bombas atómicas y catástrofes naturales que, explotando y desatándose en perfecta coordinación, crean una nueva generación de mártires cuyas imágenes excitarán la devoción de los fieles y permitirán la creación del reino de los cielos aquí en la tierra, para gozo y deleite de los verdaderos creyentes. Amén.

15 de agosto de 2011

Tradicional visita griega

Quién me iba a decir a mí que a estas alturas de mi vida habría pasado cuatro veranos visitando la pintoreca isla de Λέσβος gracias a la hospitalidad de la familia Γ. Considerado ya una especie de primo lejano, la familia Γ me trata con cariño y me invita a que lleve a mi partenaire y a que tenga hijos en breve y también los lleve, ya que estoy. Las hermanas Γ también insisten en el tema, aunque probablemente su insistencia sea una maniobra para enmascarar su propia agenda. En cualquier caso, todo es relax en Λέσβος. Este año además, G invita a tres parejas de amigos suyos a la isla, una de ellas con tres niños. Esta mezcla de gentes de distintas esferas da lugar a un divertido intercambio de información sobre el susodicho. Él se lo ha buscado, aunque insiste en la publicidad de sus actos. En cuanto llego a Barajas, salgo por la puerta arrastrando un carro con maletas y un niño montado. C, que ha ido a recibirme y lleva una hora de paciente espera, se sorprende un poco al verme llegar de esa manera. Pero todo se aclara para el bien de la pareja y abandonamos el aeropuerto cansados, pero contentos.

1 de agosto de 2011

Ecocentro

Para celebrar que C ha ganado la plaza de PTU, me invita a comer por ahí. Y me lleva al Ecocentro, restaurante especializado en cocina vegetariana. Estricta y relajada, porque hay platos con queso y huevos, porque es menos traumático arrancarle los huevos a un animal, u ordeñarle de su leche, que cortarle la pata para hacer un jamón o sacarle la sangre para hacer morcillas. Y mira que habré comido filetes yo en mi vida, algunos con verdadero gusto, pero quiero pensar que pertenecían a animales que habían muerto de viejos, rodeados de sus familiares y amigos en su domicilio. O quizá me engañe. En fin, que muy bien la comidita, que salimos hasta arriba y que el restaurante tiene tienda a su vez en la que se pueden comprar todo tipo de delicias bio, si el consumidor decide que puede/quiere pagar el sobrecoste de estos productos, ya que salvar el planeta tiene precio. Nada es gratis en el templo del mercado. Y ahora, a ver Espartaco.

Aguas salvajes

A mi burro, a mi burro, le duele la rodilla. El médico le manda que vaya a la piscina. Y allá que se va. Compra un bono de diez entradas, para obligarse a ir, en una piscina cercana a su domicilio y entra con la expectación de las πρώτες φορές en el vestuario. Allí descubre que con una moneda de dos euros puede dejar sus preciadas posesiones en una taquilla y partir a la piscina con total tranquilidad a dedicarse a lo suyo. La piscina es de 25 m, al aire libre, y está rodeada por una zona descubierta y unas gradas en las que todo tipo de cuerpos se tuestan al sol poniente. La piscina tiene una calle reservada para nadadores, separada por dos líneas de corchos, aunque la diversión favorita de niños y no tan niños consiste en atravesarla justo cuando pasa alguien, bien sea buceando por debajo del nadador o directamente contra éste. A punto de acabar su primer largo, el burro susodicho se estampa contra una niña de generoso porte, a la que pedagógicamente recrimina su actitud. Ante la impavidez de aquella, le pregunta que si le entiende a lo cual ella responde que sí, pero sigue sin apartarse. La siguiente vez es increpada un poco menos pedagógicamente, pero la guerra está perdida. La niña y sus amiguitos se dedican a cruzarse cada vez que pasa nuestro protagonista que, a pesar de repartir algún mandoble que otro, no consigue hacerse respetar. Los días siguientes lee un libro, Vida de Pi, sobre la difícil convivencia en una lancha de salvamento entre un náufrago y un tigre de bengala y aprende varias cosas sobre la domesticación de animales salvajes. Más tarde comprueba que estos trucos no funcionan con los niños salvajes de la piscina. Habrá que probar otra cosa.