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22 de septiembre de 2016

Equinoccio de otoño

 Los japoneses celebran los dos equinoccios y, teóricamente, es fiesta. Aunque luego está todo abierto y las carreteras están llenas de obreros trabajando. El único que no trabaja debo de ser yo. En fin, así que salgo del hotel sin rumbo fijo. Como ya he comentado, Rokkasho tiene mucha fauna, muchas marismas y al sur tiene el lago Ogawara (小川原湖). Me acerco a dicho lago, hace un viento impresionante, pero eso no quita para que varios milvus migrans se dediquen a hacer acrobacias aéreas mientras un montón de ejemplares de ardea alba y de ardea cinerea se pasean por los campos de los alrededores.


De vuelta en Rokkasho, me paro un momento en el observatorio que hay al lado del puente que cruza el Obuchinuma, otro lago de agua salobre y, probablemente, radiactiva, dadas las instalaciones que abundan por la zona. A veces me acerco un rato por las mañanas antes de ir al trabajo a ver qué se ve. Estos últimos días he visto un cisne solitario acompañando a las ardeidas y a los ánades. Para mi sorpresa, hoy se me acerca. Igual piensa que le voy a tirar pan, pero se ha equivocado de país. Aunque mi pepinaco se ha quedado en casa, el cisne se acerca lo suficiente para ser inmortalizado. Noto, además, que el color del pico no me cuadra con el de los cisnes que conozco yo, el cygnus olor. Para ayudarme con la identificación hay unos simpáticos paneles en japonés en los que han tenido la cortesía de añadir el nombre científico del animal, resultando ser éste un cygnus cygnus, o cisne cantor. Si es cantor de jazz o de ópera, eso ya se escapa a mi entendimiento.

20 de septiembre de 2016

Kyoto

 El lunes ha sido la fiesta de los ancianos y he aprovechado el fin de semana largo para visitar Kyoto con el señor M. Cuando llego el martes al curro y le comento a un colega japonés que he aprovechado para visitar Kyoto, me recomienda que vuelva en invierno y que en esta época del año llueve mucho.

Efectivamente, llueve bastante. Unas veces más, otras menos y en otras es el sudor el que te empapa dada la humedad ambiente. Pero, en fin, después de un largo viaje desde este rincón norteño, nos pateamos la ciudad buscando templos, recorremos las arcadas comerciales cuando ya han cerrado los comercios e intentamos comer en sitios en los que tengan el menú en inglés, porque de japonés de momento se va bastante justo.
El contraste entre esta ciudad con las calles repletas de gente, aunque diluvie, con la tranquilidad de Rokkasho es estremecedor. La zona del río está llena de gente y de todo tipo de ardeidas, mientras que en los jardines del palacio imperial encontramos a un par de milanos bajando al suelo y revoloteando por encima de nuestras cabezas. También hay muchos turistas, algunos guiris como nosotros y otros producto nacional, y mucha foto en los lugares emblemáticos, sean de la variedad autorretrato o de la variedad fotos de gente que se hace fotos. Para terminar con la fotografía, se nos ocurre entrar, poco antes de llegar a pillar el shinkansen, en una tienda al lado de la estación. Todo tipo de cámaras y objetivos se encuentran a disposición del cliente para que toque, enfoque, dispare, compare y ponga el objetivo en el cuerpo que le de la gana y haga lo que le pete. Que quieres teleobjetivo, aquí hay uno. Que quieres ver si es verdad que esta cámara tira a 10 fps, aquí la tienes. Que si esta, que si la otra. Abrumado y exhausto por la cantidad y variedad de la oferta, salgo de la tienda y nos vamos a la estación. Hay que volver a nuestro tranquilo pueblo del norte, recuperar la paz y abandonar a las multitudes.

10 de septiembre de 2016

Otra semana, otro tifón

Prosigue mi peripecia japonesa en un ambiente laboral enrarecido. El trabajo avanza lento pero seguro y el jueves llega otro tifón. Menos violento que el de la semana anterior pero se pasa toda la noche del jueves al viernes lloviendo y con el viento haciendo ruidos con las ventanas y el tejado. Termina el viernes y nuestro colega T-san ha organizado una fiesta en un bar de Tomari. Entre cantos patrióticos y el espíritu de fraternidad inducido por el biru y los licores locales, nuestros colegas japoneses nos hacen una demostración de las canciones de las series de su infancia, que son también las nuestras.


Lazos culturales from Edunardo on Vimeo.

La noche prosigue en la zona de ocio de Rokkasho, unas cabañas destartaladas en las que hay bares y karaokes. Yo entro en uno con un colega japonés en estado lamentable (son sólo las diez de la noche) y mi colega se pone a cantar. Termina y canto yo. Mientras esperamos al resto de la tropa (que no llegará más que parcialmente y al final) cantamos y cantamos y cantamos, él sus canciones japonesas y yo las anglosajonas, como buen súbdito del imperio yanqui que soy. Aparece también I-san y hacemos unos duetos con canciones de Simón y Garfunka. No queda claro quien es quien pero el resultado es satisfactorio. Cuando llega el momento de pagar, la señora nos pide 15.000 yenes del ala, que paga casi en su totalidad mi perjudicado colega japonés. I-san me explica más tarde que se acaba de divorciar y que invitar al karaoke es su manera de superar sus traumas. En fin. Me acuesto relativamente temprano pero castigado. Me levanto temprano para hablar con mi compañera de piso y, poco después, salgo de casa con la idea de subir a un monte cercano, el 吹越烏帽子 o Fukkoshi-Eboshi, que con sus 3oo y pico metros permite contemplar toda la región, con la bahía de Noheji de un lado y el Pacífico del otro.
 Para llegar al pico hay que pirulear por las carreteras locales, encontrar el cartel adecuado y seguir por una pista. Me meto con el coche por la pista pero cuando llego a un sitio en el que el firme ha cedido en una lado y empiezo a pulirle los bajos al vehículo me decido a dar media vuelta y a dejar el coche en un lugar seguro. Recorro de nuevo la pista a pie, compruebo que me quedaban menos de 200 metros para el aparcamiento y cojo el camino hasta el pico. Al principio voy por un bosque bastante espeso, con abundancia de setas y, según todas las guías, todo tipo de animales salvajes. No veo ninguno, pero unos japoneses con los que me cruzo llevan campanillas para ahuyentar a los bichos. Al final se sale del bosque y por una cresta algo empinada, resbaladiza y en la que sopla el viento que pa qué, llego a la cima. Con mi dominio avanzado del japonés, consigo saludar a dos señores que están tomándose un tentempié, tiro unas fotos y deshago el camino. Espero que el coche esté en buen estado, porque sino me va a salir cara la broma. Seguiremos informando.

3 de septiembre de 2016

La semana del tifón

El lunes llega el aviso de que el tifón Lionrock se aproxima a Japón. El martes a las dos de la tarde nos avisan por megafonía que nos vayamos. Obedezco las órdenes y me voy. A esa hora sólo se nota un viento algo fuerte en la carretera. Me encierro en la habitación de hotel y a las siete de la tarde,cuando ya se ha puesto el sol, se oye que viene el viento con fuerza. A las diez el tifón ya se ha ido y se ha quedado el cielo despejado. A la mañana siguiente, en el comedor del hotel, está la tele puesta y se ven imágenes de inundaciones y coches arrastrados pero en esta zona los efectos no han sido nada destructivos. Mejor, ya que este es mi primer tifón y prefiero algo tranquilo para ir abriendo boca.

La semana transcurre entre llegadas de antiguos colegas que se vienen a trabajar aquí y la salida de otros que se vuelven a España tras su misión japonesa. Entre pitos y flautas nos plantamos en el viernes después de descubrir que el 19 y el 22 de septiembre son fiesta en Japón: el día de los ancianos y el equinoccio de otoño, respectivamente. Así no hay quien termine un acelerador, hombre, con tanta fiesta. El viernes por la tarde encuentro un folleto en inglés en la sala de la máquina de bebidas sobre los encantos naturales del pueblo en el que resido temporalmente,


Para llegar a Rokkasho (六ヶ所村) desde Misawa (三沢) se sigue una carretera que va siguiendo la costa, aunque el mar casi no se ve nunca porque hay un bosque en medio. En la zona hay varias marismas permanentemente inundadas y justo antes de llegar a Rokkasho se cruza el puente que pasa sobre la marisma Obachi. Ahí se ve siempre algún bicho: gaviotas indeterminadas, garzas que podrían ser reales o no y garcetas grandes o similares. Algunas especies, como el milvus migrans, son aquí las mismas, mientras que las tórtolas, parecidas a la europea, son de la especie streptopelia orientalis y los cuervos parece ser que son cuervos picudos, o corvus macrorhynchos.

La carretera 338 sale desde Rokkasho hacia el norte. Al final de lo que es el término municipal está el cabo Monomi, con su faro y con sus vistas de los acantilados cercanos. Supuestamente, también hay una cascada que cae directamente al mar pero que no somos capaces de encontrar. Rodeando al cabo y descendiendo hacia el puerto cercano, hay unas cuantas casas y varios edificios de actividades varias portuarias. También hay un montón de gaviotas y de cuervos.

El pepino se ha quedado en casa y estoy armado únicamente con mi 35mm. Como ya he dicho otras veces, más vale ave colaboradora que pepino en mano. En el puerto me encuentro con este bicho. Por el plumaje debe de ser un juvenil de la especie que sea y es bastante más grande que el resto de las gaviotas adultas que se ven por la zona. No tengo ni idea de lo que puede ser. La identificación de gaviotas, salvo las especies más comunes, roza en ocasiones con las artes oscuras, dados los pequeños detalles que permiten distinguir unas especies de otras y las variaciones de plumaje en función de la edad.

Para terminar la ruta del día, visitamos el templo budista de Osorezan. El templo está a la orilla de un lago, rodeado por montañas y con varias surgencias de aguas sulfurosas que hacen las delicias de nuestras pituitarias. Alrededor del templo, hay varias estatuas de Buda,  de tamaños diversos, a las que la gente deja comida, bebida, dinero o unos molinillos de colores. Encontramos un grupo de unos diez turistas americanos, los primeros guiris que vemos por aquí, aparte de nosotros mismos.

En fin, que se termina mi segunda semana de estancia en Japón. Sigo sin echar de menos la comida española, ni siquiera el queso. No sé cómo me readaptaré al desayuno que llevo tomando toda la vida y no sé si echaré mucho de menos el arroz cuando vuelva a Mad. Ya veremos. En próximas conexiones continuaré informando del desarrollo de los acontecimientos en mi misión japonesa.