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30 de enero de 2012

El cerro de las balas

Foto original en labroma.org
Cuando el sol está a punto de ponerse y parece que vamos a llegar a tiempo de verlo desaparecer, una señora nos entra por la derecha y nos pregunta que si nos gusta la Dehesa de la Villa. Sí, nos gusta, a pesar del pegote nuclear de ahí abajo y de la antena que hay justo en lo alto del cerro. Así que la señora nos cuenta que está muy disgustada porque los cachondos de parques y jardines han podado los pinos jóvenes que hay alrededor y los han dejado en plan chupa-chups, y que tras varios años de clamar en el desierto ante la abulia municipal, empieza a estar harta pero ella es así y no puede evitarlo. Llevamos un rato de charleta y el sol ya se ha puesto. Hace frío, porque nevar no nevará aquí, pero se te congela hasta el píloro. Cuando nos despedimos de la señora, nos acercamos un rato al cerro, para echar un vistazo al paisaje, nuclear, y nos damos la vuelta entre los pinos recortados. El próximo día iremos un rato antes, para poder ver la puesta del sol y charlar con los vecinos con tiempo.

20 de enero de 2012

400

Quién me iba a decir a mí hace casi siete años que acabaría escribiendo cuatrocientas entradas en este simpático blog. Cuatrocientas entradas que se escriben casi sin pensar en lo que se escribe ni en cómo se escribe e intentando que el lado oscuro no salga a la luz, ya que uno no deja de ser exhibicionista y pudoroso a la vez y pretende que se sepa, pero que no se sepa todo. En fin, podríamos dejarlo aquí, pero ya que hemos llegado al 400, después de pasar por el 300, el 200 y el 100, por qué no llegar al 500. Si tuviera la facilidad de escritura de los redactores de las cubiertas de los libros, autodefiniría mi obra como un fresco espontáneo de la sociedad de nuestro tiempo, pero como me da vergüenza, no diré nada. Continuemos.

13 de enero de 2012

Distopía

Durante nuestra estancia en Tenerife, la camarera del restaurante El Sombrerito, nos comentó que había estado una vez en Mad y que le había angustiado la cantidad de gente que vio, las prisas que llevaban y, sobre todo, había encontrado el aire irrespirable. Siento estos días, después de un catarro clásico de mocos y toses, un picor de garganta terrorífico. Lleva mucho tiempo sin llover y una nube marrón cubre la ciudad. El problema no es nuevo y para según que gente, como la flamante alcaldesa de la ciudad, ni siquiera es un problema. La página donde salen los datos de las estaciones de medición se llama, irónicamente, de calidad del aire y funciona de aquella manera, no vaya a ser que nos de por mirar y nos espantemos de la mierda que nos estamos tragando. También se puede comparar con otros sitios, pero curiosamente los datos de Mad no están actualizados ahora mismo. En fin, mientras me decido entre la escafandra de buzo, el traje de astrounata o instalarme unos filtros en boca y nariz, me encerraré en mi madriguera confiando en que allí no me alcancen las partículas microscópicas.

7 de enero de 2012

Tenerife

Salimos de nuevo de Mad un día 1 a las siete de la mañana y unas horas después estamos en medio del océano. Desde las alturas se divisan otras islas acá y allá y, allá en lo alto, vemos lavas y diques fonolíticos y, dominándolo todo, un volcán. Qué bonito. Armados con nuestra guía R, subimos al Guajara, atravesamos los barrancos del valle de la Orotova y paseamos por las crestas sobre Masca. La belleza del paisaje sólo se ve empañada por los cientos de kleenex que jalonan los bien mantenidos senderos excursionistas tinerfeños. Dado que la práctica totalidad de gente con la que nos cruzamos son teutones, deducimos que las teutonas son un poco cerdas, ya que presuponemos que los teutones no se secan la minga con un kleenex cuando mean en el monte. Así que, teutona que lees este blog, no tires los kleenex cuando vayas de excursión a Canarias, mételo en la bolsita de la basura, por favor. Nuestra base de operaciones está en el pintoresco pueblo de Vilaflor, a bastante altura. Es un pueblo tranquilo, que se despereza a la hora de la comida cuando los turistas acuden a visitarlo. Por la noche, es aún más tranquilo y cuesta encontrar un sitio abierto. Aunque subsistimos gracias al restaurante el Sombrerito, que nos adoptan y alimentan a un módico precio. Pero al final, como siempre, llega el momento de irse y de volver a respirar el aire puro, purísimo, de nuestra bella ciudad.