El lunes ha sido la fiesta de los ancianos y he aprovechado el fin de semana largo para visitar Kyoto con el señor M. Cuando llego el martes al curro y le comento a un colega japonés que he aprovechado para visitar Kyoto, me recomienda que vuelva en invierno y que en esta época del año llueve mucho.
Efectivamente, llueve bastante. Unas veces más, otras menos y en otras es el sudor el que te empapa dada la humedad ambiente. Pero, en fin, después de un largo viaje desde este rincón norteño, nos pateamos la ciudad buscando templos, recorremos las arcadas comerciales cuando ya han cerrado los comercios e intentamos comer en sitios en los que tengan el menú en inglés, porque de japonés de momento se va bastante justo.
El contraste entre esta ciudad con las calles repletas de gente, aunque diluvie, con la tranquilidad de Rokkasho es estremecedor. La zona del río está llena de gente y de todo tipo de ardeidas, mientras que en los jardines del palacio imperial encontramos a un par de milanos bajando al suelo y revoloteando por encima de nuestras cabezas. También hay muchos turistas, algunos guiris como nosotros y otros producto nacional, y mucha foto en los lugares emblemáticos, sean de la variedad autorretrato o de la variedad fotos de gente que se hace fotos. Para terminar con la fotografía, se nos ocurre entrar, poco antes de llegar a pillar el shinkansen, en una tienda al lado de la estación. Todo tipo de cámaras y objetivos se encuentran a disposición del cliente para que toque, enfoque, dispare, compare y ponga el objetivo en el cuerpo que le de la gana y haga lo que le pete. Que quieres teleobjetivo, aquí hay uno. Que quieres ver si es verdad que esta cámara tira a 10 fps, aquí la tienes. Que si esta, que si la otra. Abrumado y exhausto por la cantidad y variedad de la oferta, salgo de la tienda y nos vamos a la estación. Hay que volver a nuestro tranquilo pueblo del norte, recuperar la paz y abandonar a las multitudes.
1 comentario:
¿Compró algo? fotográficamente hablando, claro
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