Prosigue mi peripecia japonesa en un ambiente laboral enrarecido. El trabajo avanza lento pero seguro y el jueves llega otro tifón. Menos violento que el de la semana anterior pero se pasa toda la noche del jueves al viernes lloviendo y con el viento haciendo ruidos con las ventanas y el tejado. Termina el viernes y nuestro colega T-san ha organizado una fiesta en un bar de Tomari. Entre cantos patrióticos y el espíritu de fraternidad inducido por el biru y los licores locales, nuestros colegas japoneses nos hacen una demostración de las canciones de las series de su infancia, que son también las nuestras.
Lazos culturales from Edunardo on Vimeo.
La noche prosigue en la zona de ocio de Rokkasho, unas cabañas destartaladas en las que hay bares y karaokes. Yo entro en uno con un colega japonés en estado lamentable (son sólo las diez de la noche) y mi colega se pone a cantar. Termina y canto yo. Mientras esperamos al resto de la tropa (que no llegará más que parcialmente y al final) cantamos y cantamos y cantamos, él sus canciones japonesas y yo las anglosajonas, como buen súbdito del imperio yanqui que soy. Aparece también I-san y hacemos unos duetos con canciones de Simón y Garfunka. No queda claro quien es quien pero el resultado es satisfactorio. Cuando llega el momento de pagar, la señora nos pide 15.000 yenes del ala, que paga casi en su totalidad mi perjudicado colega japonés. I-san me explica más tarde que se acaba de divorciar y que invitar al karaoke es su manera de superar sus traumas. En fin.
Me acuesto relativamente temprano pero castigado. Me levanto temprano para hablar con mi compañera de piso y, poco después, salgo de casa con la idea de subir a un monte cercano, el 吹越烏帽子 o Fukkoshi-Eboshi, que con sus 3oo y pico metros permite contemplar toda la región, con la bahía de Noheji de un lado y el Pacífico del otro.
Para llegar al pico hay que pirulear por las carreteras locales, encontrar el cartel adecuado y seguir por una pista. Me meto con el coche por la pista pero cuando llego a un sitio en el que el firme ha cedido en una lado y empiezo a pulirle los bajos al vehículo me decido a dar media vuelta y a dejar el coche en un lugar seguro. Recorro de nuevo la pista a pie, compruebo que me quedaban menos de 200 metros para el aparcamiento y cojo el camino hasta el pico. Al principio voy por un bosque bastante espeso, con abundancia de setas y, según todas las guías, todo tipo de animales salvajes. No veo ninguno, pero unos japoneses con los que me cruzo llevan campanillas para ahuyentar a los bichos. Al final se sale del bosque y por una cresta algo empinada, resbaladiza y en la que sopla el viento que pa qué, llego a la cima. Con mi dominio avanzado del japonés, consigo saludar a dos señores que están tomándose un tentempié, tiro unas fotos y deshago el camino. Espero que el coche esté en buen estado, porque sino me va a salir cara la broma. Seguiremos informando.
2 comentarios:
Molarían fotos del pueblo donde habitas y también de tu hogar ¿Tiene las puertas de papel?
Lo sé, no doy para más.
Esto le pilla lejos, unas 24h en coche, 3 y algo en avión. Pero por si está cansado de tifones y quiere erupciones
Publicar un comentario