Páginas

15 de septiembre de 2009

Segundo viaje bobinante

De nuevo el bobinismo me lleva a tierras lejanas y me embarco en un avión un domingo por la noche. Destino: Basilea, donde debe de estar enterrado Erasmo de Rotterdam si la lápida que tiene en la catedral no es de pega. El avión aterriza una hora tarde y comienzo mi periplo por la oscura noche centroeuropea para llegar a mi hotel. Autobús hasta la bahnhof, tren a Olten, cambio de tren y aparezco en la pintoresca ciudad de Lenzburg a la una de la mañana. Salgo de la estación y los taxis, al ver que no hay más clientes ni más trenes esa noche, desaparecen. Ni un alma por la calle, ni un ruido más que el traqueteo de mi maleta. Llego al hotel y paso una noche fatal soñando con Freddie Kruger. Tras desayunar y disfrazarme de persona de bien, me recogen en el hotel, hago lo que tengo que hacer y a las once de la mañana estoy de nuevo en la estación de Lenzburg. Esta vez hay tren directo a Basel y en 50 minutos estoy allí. Dejo la maleta en la consigna, me quito el disfraz y salgo a darme una vuelta por la ciudad. En quince minutos llego a un río muy grande, parecido al Manzanares, que nace cerca del San Gotardo y desemboca en Holanda. Cruzo un puente y doy buena cuenta de la comida que he comprado en la Migros, dejándome para el postre un yogur Excellence de caramelo, el mejor yogur que he probado nunca, cuya ingestión me sume en un éxtasis lípido. Mientras estoy sentado en el banco pasa una barcaza cargada de contenedores, detrás está la ciudad antigua, sobre una colina. Empieza a chispear y voy andando hasta el siguiente puente y me pongo a callejear. Todo es muy suizo y los recuerdos se agolpan en la cabeza, la gente va en bicicleta esquivando a los tranvías. Llueve un poco más y me encierro en la catedral para descansar un rato. Salgo, chispea, aprovecho para comprarme unos pantalones y descubrir que he olvidado el pin de la tarjeta suiza. De no usarla. Se me acaba el tiempo y vuelvo a la estación, recojo la maleta, autobús al aeropuerto y llego a Mad. Desorientado.

Primer viaje bobinante

A las siete de la mañana de un día de septiembre, tres personajes se dan cita en una gasolinera vecina a la estación de Atocha. Montan en un coche y salen por la carretera de Valencia mientras el sol empieza a asomarse. A las once y pico de la mañana llegan a un polígono industrial cercano a Castellón, la ciudad de la plana. Tras la visita y posterior comida en un bar que antes de la crisis servía 150 menús al día y ahora sólo sirve 50, se despiden del polígono dejando atrás las naves de los grandes de la cerámica, si un tiempo fuertes hoy desmoronados. En la estación de Valencia montan en el tren, rodean media España y llegan a Mad, la última estación.

1 de septiembre de 2009

Los hermanos M eran unos montañeros

Y se fueron a picos de Europa, en busca de nuevas rutas. Pararon en Poncebos, y cenaron unos huevos. Subieron a Cabrones con dos pares de bastones. Durmieron en una gruta, porque no había sitio en el refugio. Salieron al día siguiente para Collado Jermoso. El guarda del refugio les indicó el camino. Pero no estaba bien marcado y acabaron enmarronados. Bajaron con cuidado por un sitio delicado. Y se dieron media vuelta con los macutos a cuestas. Se fueron para Urriello, porque era más sencillo. Durmieron en otra gruta acompañados de una rata. Como ya estaban petados hasta Bulnes se bajaron. La canal del Camburero también era de cuidado. Tras dos horas siempre pa abajo, les temblaban las piernas. Y volvieron a Poncebos y se comieron dos bocatas. Y así acabó esta historia, con más pena que gloria. Y aunque acabaron rotos, hicieron unas cuantas fotos.