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13 de septiembre de 2006

Санкт-Петербyрг - Эл Туполев Эн Шереметьево

Эпиcoдиo I
Tiempo ha que Ella y yo habíamos decidido aprovechar unos días después de la reunión de su experimento en Dubna, Rusia. A pesar de las circunstancias, ya que los billetes estaban comprados y no hay malos rollos, continuamos adelante con el viaje a San Petersburgo. Yo estaba un poco de los nervios porque Rusia es un país con cierta reputación: cierta inestabilidad, las mafias, un idioma raro y encima escrito raro, aunque el cirílico a la larga resultó ser más algo más sencillo de lo que parece y fuente de divertidos momentos y sorpresas (¿ qué es el Tиpamи-cy?) A mí el hecho de estar en un sitio y no hablar el idioma local me pone de los nervios, pero en fin, no se pueden hablar todas las lenguas del mundo, sería demasiado.
El caso es que el sr.Эдyнapдo se planta en el aeopuerto de Gva y embarca en un avión de Аэрофлот con destino a Mockвa-Шереметьево un viernes por la tarde. La compañía rusa mantiene la sana costumbre de dar de comer al hambriento y de beber al sediento y el viaje, larguillo, que son dos mil y pico kilómetros, transcurre plácidamente y llega a Mockвa, Терминал 2. Allí tengo que cambiar de terminal, recoger mi maleta y pasar el control de pasaportes, porque en Rusia hace falta visado para entrar.
En el control de pasaportes pierdo cerca de media hora y mi vuelo siguiente sale en hora y media. Recojo la maleta, salgo y soy asaltado por una horda de pretendidos taxistas oficiales. Uno más pesado que los demás me enseña una cartulina amarilla en la que figura la tarifa oficial de transfer de una terminal a otra: 96 E. Yo le digo que anda ya, que seguro que me está tomando el pelo. El tío me acompaña al mostrador de transfer de Aeroflot. La del mostrador, que debe estar en el ajo, me dice que no hay manera de ir a la terminal 1 y que además ya voy muy tarde y que si no voy en taxi no llego. Según el pesado del taxista, hay media hora o 20 kilómetros y mucho tráfico y voy a perder el avión. Al final, acudo al mostrador de Air France y la chica de dentro me dice que hay unos autobuses, que salen de abajo y que cuestan 15 rublos (medio euro) pero que pasan cada 15-20 minutos. El pesado la echa una bronca en ruso, supongo que por quitarle un cliente. Me despido del pesao y llego a la parada de los autobuses. No veo ningún autobús y otro taxista (son las siete y media y el vuelo sale a las nueve menos diez) me dice que no me da tiempo y patatín y patatán. Este me enseña otra cartulina amarilla con las tarifas oficiales, la tarifa oficial de éste son 43 E. Tras regatear algo y al borde de la desesperación, me meto en el Lada y, aunque hay tráfico, el taxista va saltándose la raya continua y adelantando de aquella manera. En diez minutos entro en la terminal 1. Las dos terminales se encuentran una enfrente de la otra, separadas por las pistas y comunicadas por una carretera que hace una U para sortear las susodichas pistas. A la vuelta comprobaré que se hace en quince minutos en autobús por la centésima parte de lo que cuesta un taxi y Ella lo hará gratis en los autobuses del propio aeropuerto.
A la entrada de la terminal hay un control. Paso media hora en la cola antes de que me hagan descalzarme y me cacheen después de pasar por el arco de metales. Son ya las ocho y veinticinco, pero el mostrador está aún abierto. Respiro.Con la tarjeta de embarque en la mano, subo a la sala de espera. Quince minutos antes de la salida del vuelo, la puerta de embarque aún no anuncia nada. Una señora algo antipática nos tiene esperando hasta que nos hacen bajar para coger el autobús hasta el avión. Es ya la hora de salir y estamos aún esperando al autobús. Al fin, llega otra señora, dice algo, desconcierto general (incluso entre el público ruso) y al fin un autobús se acerca y entramos dentro. La impresión que tengo del trayecto es que la señora va buscando un avión cualquiera dónde meternos. Llegamos al avión. Para los que nos gustan los aviones, es un disfrute este aeropuerto porque está lleno de modelos soviéticos, Tupolevs, Antonovs, Ilyushins que no se suelen ver mucho por los aeropuertos occidentales. El avión este en concreto es un Tu-134, que debe tener sus años. La cabina es muy estrecha y hay sólo cuatro asientos por fila. Además el morro del aparato es de cristal, así que da la impresión de que vamos a bombardear Washington DC. Me toca un asiento bastante atrás y cuando arrancan los motores el ruido es ensordecedor. En fin, durante el vuelo se va haciendo de noche, aunque mirando hacia el norte se ve una claridad extraña. El avión aterriza finalmente en Пулkoвo, el aeropuerto de San Petersburgo. Son las once y media de la noche (aquí son dos horas más que en Gva). Salgo y me espera Igor, el del hotel. Voy a buscar la maleta (aquí primero se sale y luego se coge la maleta) y una señora me pide el resguardo del equipaje para comprobar que me estoy llevando mi maleta y no otra. Desde el aeropuerto, enfilamos una carretera hasta el centro. La carretera pasa por una glorieta donde hay un monumento gigantesco a los héroes del asedio de Leningrado (el nombre soviético de la ciudad). Entre 1941 y 1944 murieron casi un millón de personas, muchos de ellos de hambre y frío, mientras la ciudad era rodeada por los alemanes y sus colegas finlandeses. Se dice pronto. Llegamos al fin al hotel (hostel, me corrige Igor) Está en un edificio de buena planta, algo destartalado por fuera pero en proceso de reforma. Igor me enseña la habitación, la cocina común y los baños. Estoy muy cansado y me meto en la cama enseguida. Pero estoy tan de los nervios del viaje y la cama es tan dura, además de algo corta, que no puedo pegar ojo. Cuando consigo medio dormirme, comienza a llover y el ruido de las gotas contra los tejados metálicos me despierta. Paso así toda la noche.
No se pierdan el próximo Эпиcoдиo de este apasionante viaje.

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