Se juntan un holandés, una francesa, un polaco, un austriaco, un alemán, un suizo y este español. A las cuatro de la mañana del sábado, cuando el español sale de casa, llueve a todo llover. A las ocho de la mañana, ya con los esquís en los pies, nieva. En la subida, sopla el viento mientras subimos por un espolón algo empinado que, gracias al viento, no se ve.
El asunto acaba en una arista emocionante en la que, de nuevo, la falta de visibilidad juega a nuestro favor.
Al llegar arriba, el cielo se despeja. Nos esperan toneladas infinitas de nieve polvo. El español, que ha hecho una ascensión modélica hasta cien metros antes de la cumbre, protagoniza un descenso de supervivencia hasta que la pendiente disminuye un poco y puede ya encadenar los giros sin sufrir terribles dolores en las piernas. Ahora ya solo queda prepararse para la subida de mañana. El camino hasta el albergue donde pasaremos la noche es un recorrido pintoresco por los valles alpinos en el mejor estilo Heidi, pero con Subarus por todas partes y un fino olor a estiercol: es tiempo de abonar.
Más fotos aquí
No hay comentarios:
Publicar un comentario