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29 de septiembre de 2008

Tour d'Aï

Cuando uno no puede subirse a las paredes tal cual están, hay gente que decide colgar unos hierros y unos cables para así subir más seguramente, en principio. Lo mejor en todo caso es que no te caigas porque la toña puede ser fina. Esta práctica, condenada como herética por el gremio de escaladores al que yo pertenecía en su momento, se convierte así en un sustitutivo de las emociones fuertes que proporcionan el vacío y la verticalidad. Como con todo sustitutivo, los efectos son mucho menos intensos. Pero estas dosis de recuerdo te retrotraen a lo bonito y a lo horrible de la escalada y te recuerdan que lo hecho, hecho está y que a lo hecho, pecho.
Así que el grumete M y yo abandonamos la grisaille ginebrina y nos vamos a Leysin. Allí están L y D, los superveteranos que lo mismo escalan que esquían o que suben cuatro miles a un ritmo que ya lo quisiera yo. Llegamos a pie de vía y en una horita, una vez comprobado que la perspectiva engaña, estamos arriba tras superar un muro vertical algo desplomado que pone a prueba nuestros brazos y antebrazos. Bajada, cervezas, y vuelta a la niebla tras dejar el sol de las alturas. Pausa relajante en Lavey y acabamos en Gva a las tantas, de noche y sin sol.

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