24 de diciembre de 2011
El pepino y la navidad
Llega la navidad, llegan los visitantes y empiezo a llegar a casa a las cuatro de la mañana gracias a esta orgía de vida social y desenfreno. Empezando un jueves en L.A con la asistencia de las viejas glorias emigradas y sus retoños y de las viejas glorias sin emigrar que siguen, algunos, trasegando cubatas a buen ritmo mientras que otros se pasan a la modernez y se entregan al ritual del gin-tonic, ritual que alcanza su punto álgido al día siguiente, cuando G me invita a una cena en casa de dos de mis acompañantes este verano en Lesvos, y se me pregunta si quiero una lámina de pepino en el gin-tonic. Acepto, y compruebo que el aroma del pepino lo invade todo y anula cualquier posible sabor que pudiera tener la tónica o el gin. Sorprendido y abrumado, me retiro a mis aposentos mientras el sabor del pepino permanece inalterable en mi boca.
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