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14 de marzo de 2012

Excursión en La Granja

Antecedentes

Siglo XVIII, el primer rey Borbón, venido de la Francia, decide hacerse un par de palacios (total, no pagaba él) uno en Mad y otro en la Granja, provincia de Segovia, para pasar el veranito y pegar unos tiros. De paso encarga unos jardines y fuentes estilo Versalles. En el siglo XXI, mayoritariamente hay domingueros. Después de la sobredosis de realidad de la semana anterior, caemos en la trampa del lujo y del desayuno buffet. El lujo es tentador.

En busca del Chorro

Había estado un par de veces en el Chorro de la Granja, pero esta vez me lío y acabamos dando una vuelta por una pista rodeada aquí y allá por cotos privados de caza. Jamás he entendido ésto. Si están privados de caza, ¿para qué los vallan? En fin, durante el camino vemos a un grupo de seres humanos poniendo en fila sobre un prado los cuerpos de varias aves. Estos cazadores son unos seres, ahora van a estar comiendo ave por lo menos un mes.  Obvio decir que no llegamos al Chorro, pero para la próxima vez ya sé que se empieza en la urbanización Caserío de Urgel.

De esquina a esquina y el moño de la tía Andrea

Los caminos en esta zona del planeta no están muy señalizados y el mapa que llevamos hace lo que puede. Al esquinazo de la tapia del palacio se llega bien. El camino sale marcado hasta la fuente Carneros. Hasta ahí todo bien. A continuación se te ofrecen dos alternativas: un camino que sube por el pinar en dirección a Peñalara, marcado con puntos azules y otro que va en llano hacia Dos Cabañas. Como lo de Dos Cabañas no sale en mi mapa y, según C, yo siempre elijo el camino que sube, seguimos los puntos azules hasta que al final tenemos que volver un poco sobre nuestros pasos para recuperar el PR15, que está marcado de aquella manera, y llegar, con algo de nieve, al cerro del moño de la tía Andrea, donde, aparte de las vistas himaláyicas de la cara noroeste de Peñalara, encontramos una silla tallada en las rocas donde según la inscripción, estuvo sentado el marido de Isabel II, tatarabuelo putativo del JC. La vuelta la hacemos más o menos bien, siguiendo el arroyo de la Chorranca hasta que llegamos a la esquina sur de la tapia. Volvemos al lujo y a cenar. La cena bien, gracias.

El cojón de Pacheco

Jamás habríamos encontrado el cojón de Pacheco si no fuera por un señor que nos encontramos de casualidad mientras damos vueltas buscando el camino que sube al susodicho cojón. A la falta de señalización propia de la zona, se une un claro gigante del bosque del que salen dos pistas hacia arriba, hay que coger primero a la derecha y luego a la izquierda. ¿O es al revés? En fin, que el señor se apiada de nosotros, nos deja en la pista buena y, maravillosamente, cogemos el desvío bueno después de recolocar los hitos que algún desalmado o alguna fuerza de la naturaleza habían tirado por tierra. A los pocos metros, aparece el cojón. Tan cerca y tan lejos, a la vez. La mini-excursión cojonera termina en un spa, donde disfrutamos a solas de las aguas, ventajas de cogerse el lunes libre.

Vuelta

Ya solo queda emprender el regreso a Mad, a sus aires puros y a la bondad de sus gentes y a tomar los desayunos nuestros de cada día, sin buffet, sin picatostes, sin ponche segoviano, pero con aceite de primera cosecha de la cooperativa Virgen de la Consolación.






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