El
Cancho Gordo es tan bonito que puede uno subir dos veces en menos de un mes y quedarse tan ancho. En esta ocasión, la excusa es que mi sobrino segundo suba con sus amigos y su primo del alma para celebrar su octavo cumpleaños. Mientras tanto, su padre sube con un mochilón de doscientos kilos y el resto de adultos nos hacemos los suecos. En fin, la jornada transcurre entre nubes y claros y dejamos a los niños sanos y salvo de vuelta en sus hogares convertidos en mejores personas gracias a la práctica de tan sana afición.
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