Pasó lo que tenía que pasar y llegó el cumpleaños de C. Yo con mis regalos soy un poco cabrón, porque entre lo de la tontería antiobjetos y otras peculiaridades de mi carácter, al final acabo regalando cosas que creo que me gustan más a mí que al obsequiado, pero, en fin, pasaron unos días y nos fuimos a Benasque.
La predicción meteorológica era mala. Quitando la tormenta que nos despertó la primera noche y la lluvia de la excursión del último día, pudimos disfrutar de un cielo cubierto que no sólo tapa el sol sino que queda mucho mejor en las fotos. Encima encontramos poca gente en nuestros periplos, aunque el señor francés que vagaba solo por el monte para sacudirse la soledad se la sacudió un buen rato encima de nosotros entre la Renclusa y el Hospital de Benasque contándonos sus historias de los chateaux de Bordeaux a los que iba a vendimiar para seguir sacudiéndose la soledad.
Intentamos subir a Cregüeña un día y al día siguiente vimos solo uno de los ibones de Remuñe por la falta de comprensión lectora del que subscribe. También vimos hordas de marmota marmota al borde de los arroyos, vigilándonos atentamente cuando atravesábamos sus territorios. Aves también había, pero mi conocimiento de las aves de montaña es tan deficiente como el de las costeras: sácame de la Dehesa de la Villa y , como ornitólogo, valgo poco.
Así que volvimos a casa, C con una uña tocada, pero contentos y satisfechos de las cuestas subidas. El viaje de vuelta transcurrió sin novedad hasta que ...
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