Эпиcoдиo III
Санкт-Петербyрг tiene el Эрмитаж como Maдрид tiene el Прaдo. Los monarcas rusos, más bien las emperatrices Isabel y Catalina la Grande, se dedicaban a gastarse el presupuesto en palacios variados, que si el palacio de la ciudad, que si el de campo, que si el de orilla del lago, que si el jardín inglés, que si el francés. De palacio en palacio, Catalina empalma tres Hermitages (en el original, en francés)el viejo, el nuevo y el teatro en los que ahora se reparten las colecciones de pintura, escultura, muebles, antigüedades, momias, armas, etc... de los zares y los nobles rusos.El propio continente, el edificio, deja también alucinado, estupefacto y boquiabierto. Que si el salón de 2000 metros cuadrados, que si la sala del trono, que si la escalera de los embajadores... Para los pobres ciudadanos acostumbrados a los 50 o 60 metros cuadrados, tal despliegue es sobrecogedor.
La visita empezó con el típico desorden ruso, que si la cola es aquí o allá, que si abrimos esta puerta o la otra. A las diez, una horda atravesaba las puertas para lanzarse a las taquillas a por la entrada. Después de pasear por todas las salas que pudimos, yo me quedo con las escenas de fiestas populares de los pintores holandeses del XVII, mientras en España se pintaban santos, mártires, vírgenes y anacoretas, nuestros anteriores compatriotas retrataban las borracheras y comilonas de los campesinos.
Aturdido y abrumado por la brillantez deslumbrante del espectáculo que habían visto mis ojos, no caí en que Ella había decidido que ya que estábamos en Rusia que por qué no íbamos al ballet. Después de analizar el programa, convinimos en ir a ver el Cascanueces, de Чайкoвский (Chaikojki en madrileño). A mí me apetecía porque de pequeño, cuando llegó a casa el primer radio cassette, alguien me había regalado una cinta con los mejores valses del susodicho Chaikojki y el que más me gustaba era el vals de las flores de esta obra.
Así que salimos del museo, fuimos un momento al hotel y por el camino hicimos algunas compras en ruso, galletas rusas, leche rusa (Молоко - moloko) y nesquick ruso para el desayuno.
El teatro estaba algo lejos del hotel. Decidimos ir andando y en hora y cuarto estábamos allí, frente al teatro Mariinsky. Quedaban tres cuartos de hora para que empezara el evento y decidimos ir a comer algo a un pub irlandés (desolé) en la esquina de la plaza. Me trajeron el sandwich a las 8 menos diez, a las 8 menos cinco me lo había encasquetao y a las ocho, puntualmente, empezó la representación.
En verdad os digo que me lo pasé muy bien. Incluso se me cayó una lágrima cuando tocaban el vals de las flores, acordándome de cuando era joven e ingenuo y no tenía que trabajar para ganarme la vida. En fin, uno que es un sentimental.
A las diez de la noche salimos del teatro y volvimos hasta el hotel. Mañana sería otro día.
25 de septiembre de 2006
17 de septiembre de 2006
Санкт-Петербyрг - Caбaдo caбaдete
Эпиcoдиo IIDespués de la noche toledana, me despierto por la mañana y me acerco a la sede central de mi hostal a que me registren la visa, trámite que hay que hacer en cada lugar en el que se para en Rusia. Luego iré al aeropuerto a recoger a Ella. Voy a pie y chispea. Hace un poco de frío, pero bueno, estamos en Rusia y si no que se lo pregunten a Napoleón. Desciendo por la Литейный пр, una calle, prospectiva enorme por la que los vehículos circulan a gran velocidad, aunque respetando los semáforos. Al cabo de un rato se cruza con la calle más famosa de Санкт-Петербyрг, la Hebckий пр, por la que sigo bajando antes de llegar al metro. En el metro, compró una ficha para entrar y la escalera mecánica me baja hasta el anden. Estoy un poco despistado porque no se ven las vías, estoy en una sala enorme, con unas puertas metálicas en las paredes que se abren cuando llega el metro. Después de un transbordo, salgo del metro para coger un autobús con destino al aeropuerto. En mi ruso para principiantes le preguntó al conductor: " Pulkovo? Aeroport?" y el tío me dice que da, pero que pulkovo adin(uno) no pulkovo dva (dos). Yo le digo que da también y le pregunto por el bilety. Me indica que pase y me siente. Pues bueno. Cuando sale el autobús, un muchacho que estaba sentado se levanta y pasa vendiendo los biletys. Pago religiosamente. El autobús llega al aeropuerto bastante rapidito y allí soy sometido a un nuevo control de entrada. Bajo a la sala de llegadas y a los dos minutos aparece Ella. Deshacemos el camino recorrido, llegamos al hostal (con la tontería son casi las tres) y buscamos un sitio para comer. Cerca del hostal hay un restaurante pijín, según la guía, y además los rusos comen un poco como los españoles, es decir, tarde. Comemos y decidimos comenzar la exploración de la ciudad. Cerca del hostel está el museo del asedio de Leningrado, pero llegamos y ya está cerrado, porque aquí suelen cerrar todo entre las cinco y media y las seis. Nos vamos a los jardines de Verano, y de ahí pasamos a los jardines de Mikjailovsky, antiguos jardines de residencias de zares, zarinas o grandes duques. Los rusos están ahora mismo muy restauradores, ya que muchos palacios, jardines e iglesias de la época imperial fueron abandonados, reutilizados o destruidos durante la guerra y la época soviética y da la impresión de que existe una cierta admiración por la época imperial, como si los 70 años de comunismo no hubieran existido salvo por la victoria en la WWII. Ejemplo de este empeño restaurador es la Iglesia de "el Salvador sobre la Sangre" (Cпac нa kpobи) que se puede ver en la foto. La iglesia fue construida a finales del siglo XIX en el lugar donde fue mortalmente herido el zar Alejandro II en 1881. La iglesia fue construida en estilo ruso tradicional, lo que choca un poco con el estilo predominate de la ciudad, que es occidental, fruto del espíritu europeista del fundador de la ciudad, Pedro I y de varios de sus sucesores. No se escatimaron medios con la decoración interior y los muros estaban cubiertos de mosaicos, los suelos hechos de mármol, etc... Hasta que en 1917 se transforma el templo en simple parroquia. Durante la guerra, sirve de morgue y posteriormente es alquilada por un teatro como almacen de material. En los años 70, y una vez olvidado el propósito de demolerla por carecer de valores artísticos, comienza la restauración.
Salimos de la iglesia y vagabundeamos un poco entre los canales. En San Petersburgo no hay tantos canales como en Venecia, pero no deja de haberlos. También tienen problemas de inundaciones y también tienen un sistema de diques en construcción. Entre tanto vagabundeo, nos dimos cuenta de que cada vez llovía más. A pesar de todo, fuimos también a ver la catedral de Kazan, que está en plena perspectiva Nievsky y que fue construida con San Pedro de Roma en la cabeza. Yo estaba hecho polvo de no haber dormido la noche anterior y del paseito del día de hoy, así que nos fuimos al hotel y yo me quedé roque mientras Ella acababa la presentación de su conferencia de los USA.
Continuará...
13 de septiembre de 2006
Санкт-Петербyрг - Эл Туполев Эн Шереметьево
Эпиcoдиo ITiempo ha que Ella y yo habíamos decidido aprovechar unos días después de la reunión de su experimento en Dubna, Rusia. A pesar de las circunstancias, ya que los billetes estaban comprados y no hay malos rollos, continuamos adelante con el viaje a San Petersburgo. Yo estaba un poco de los nervios porque Rusia es un país con cierta reputación: cierta inestabilidad, las mafias, un idioma raro y encima escrito raro, aunque el cirílico a la larga resultó ser más algo más sencillo de lo que parece y fuente de divertidos momentos y sorpresas (¿ qué es el Tиpamи-cy?) A mí el hecho de estar en un sitio y no hablar el idioma local me pone de los nervios, pero en fin, no se pueden hablar todas las lenguas del mundo, sería demasiado.
El caso es que el sr.Эдyнapдo se planta en el aeopuerto de Gva y embarca en un avión de Аэрофлот con destino a Mockвa-Шереметьево un viernes por la tarde. La compañía rusa mantiene la sana costumbre de dar de comer al hambriento y de beber al sediento y el viaje, larguillo, que son dos mil y pico kilómetros, transcurre plácidamente y llega a Mockвa, Терминал 2. Allí tengo que cambiar de terminal, recoger mi maleta y pasar el control de pasaportes, porque en Rusia hace falta visado para entrar.
En el control de pasaportes pierdo cerca de media hora y mi vuelo siguiente sale en hora y media. Recojo la maleta, salgo y soy asaltado por una horda de pretendidos taxistas oficiales. Uno más pesado que los demás me enseña una cartulina amarilla en la que figura la tarifa oficial de transfer de una terminal a otra: 96 E. Yo le digo que anda ya, que seguro que me está tomando el pelo. El tío me acompaña al mostrador de transfer de Aeroflot. La del mostrador, que debe estar en el ajo, me dice que no hay manera de ir a la terminal 1 y que además ya voy muy tarde y que si no voy en taxi no llego. Según el pesado del taxista, hay media hora o 20 kilómetros y mucho tráfico y voy a perder el avión. Al final, acudo al mostrador de Air France y la chica de dentro me dice que hay unos autobuses, que salen de abajo y que cuestan 15 rublos (medio euro) pero que pasan cada 15-20 minutos. El pesado la echa una bronca en ruso, supongo que por quitarle un cliente. Me despido del pesao y llego a la parada de los autobuses. No veo ningún autobús y otro taxista (son las siete y media y el vuelo sale a las nueve menos diez) me dice que no me da tiempo y patatín y patatán. Este me enseña otra cartulina amarilla con las tarifas oficiales, la tarifa oficial de éste son 43 E. Tras regatear algo y al borde de la desesperación, me meto en el Lada y, aunque hay tráfico, el taxista va saltándose la raya continua y adelantando de aquella manera. En diez minutos entro en la terminal 1. Las dos terminales se encuentran una enfrente de la otra, separadas por las pistas y comunicadas por una carretera que hace una U para sortear las susodichas pistas. A la vuelta comprobaré que se hace en quince minutos en autobús por la centésima parte de lo que cuesta un taxi y Ella lo hará gratis en los autobuses del propio aeropuerto.
A la entrada de la terminal hay un control. Paso media hora en la cola antes de que me hagan descalzarme y me cacheen después de pasar por el arco de metales. Son ya las ocho y veinticinco, pero el mostrador está aún abierto. Respiro.Con la tarjeta de embarque en la mano, subo a la sala de espera. Quince minutos antes de la salida del vuelo, la puerta de embarque aún no anuncia nada. Una señora algo antipática nos tiene esperando hasta que nos hacen bajar para coger el autobús hasta el avión. Es ya la hora de salir y estamos aún esperando al autobús. Al fin, llega otra señora, dice algo, desconcierto general (incluso entre el público ruso) y al fin un autobús se acerca y entramos dentro. La impresión que tengo del trayecto es que la señora va buscando un avión cualquiera dónde meternos. Llegamos al avión. Para los que nos gustan los aviones, es un disfrute este aeropuerto porque está lleno de modelos soviéticos, Tupolevs, Antonovs, Ilyushins que no se suelen ver mucho por los aeropuertos occidentales. El avión este en concreto es un Tu-134, que debe tener sus años. La cabina es muy estrecha y hay sólo cuatro asientos por fila. Además el morro del aparato es de cristal, así que da la impresión de que vamos a bombardear Washington DC. Me toca un asiento bastante atrás y cuando arrancan los motores el ruido es ensordecedor. En fin, durante el vuelo se va haciendo de noche, aunque mirando hacia el norte se ve una claridad extraña. El avión aterriza finalmente en Пулkoвo, el aeropuerto de San Petersburgo. Son las once y media de la noche (aquí son dos horas más que en Gva). Salgo y me espera Igor, el del hotel. Voy a buscar la maleta (aquí primero se sale y luego se coge la maleta) y una señora me pide el resguardo del equipaje para comprobar que me estoy llevando mi maleta y no otra. Desde el aeropuerto, enfilamos una carretera hasta el centro. La carretera pasa por una glorieta donde hay un monumento gigantesco a los héroes del asedio de Leningrado (el nombre soviético de la ciudad). Entre 1941 y 1944 murieron casi un millón de personas, muchos de ellos de hambre y frío, mientras la ciudad era rodeada por los alemanes y sus colegas finlandeses. Se dice pronto. Llegamos al fin al hotel (hostel, me corrige Igor) Está en un edificio de buena planta, algo destartalado por fuera pero en proceso de reforma. Igor me enseña la habitación, la cocina común y los baños. Estoy muy cansado y me meto en la cama enseguida. Pero estoy tan de los nervios del viaje y la cama es tan dura, además de algo corta, que no puedo pegar ojo. Cuando consigo medio dormirme, comienza a llover y el ruido de las gotas contra los tejados metálicos me despierta. Paso así toda la noche.
No se pierdan el próximo Эпиcoдиo de este apasionante viaje.
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