Páginas

19 de septiembre de 2010

Pulvis es et in pulverum reverteris

Mi tío saca la urna con las cenizas de la abuela y los nenes las cogen y echan un poco al pie de las encinas del jardín. Los demás cogemos también un poco y las vamos echando por aquí y por allá. Al final, N, un amigo de la familia, nos lee un poema y se nos cae la lágrima.

Si cada hora vino con su muerte.
Si el tiempo era una cueva de ladrones.
Los aires ya no eran buenos aires.
La vida nada más que un blanco móvil.
Usted, preguntará por qué cantamos.

Si los nuestros quedaron sin abrazo.
La patria casi muerta de tristeza.
Y el corazón del hombre se hizo añicos
antes de que explotara la vergüenza
Usted, preguntará por qué cantamos.

Cantamos porque el río está sonando
y cuando el río suena, suena el río .
Cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino.
Cantamos porque el niño y porque todos
y porque algún futuro y porque el pueblo.
Cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos.

Si fuimos lejos como un horizonte.
Si aquí quedaron árboles y cielo.
Si cada noche siempre era una ausencia
y cada despertar un desencuentro.
Usted preguntará por qué cantamos.

Cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida.
Y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.
Cantamos porque el grito no es bastante.
Y no es bastante el llanto ni la bronca.
Cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota.
Cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo, en aquel fruto,
cada pregunta tiene su respuesta

6 de septiembre de 2010

Missing

En las puertas de los Ahorra Mases se suelen ver ciudadanos de origen subsahariano vendiendo la Farola. No recuerdo cuando fue la primera vez que vi a ? apoyado en la farola donde está la bici en la foto. Sí que recuerdo que saludaba siempre, ya fuera cuando salía del Ahorra Más o incluso cuando entraba o salía del portal, mucho más de lo que hacen muchos de mis vecinos. Incluso un día me echó una mano cuando arrastraba el carro con las bebidas para la fiesta policial. La relación no era puramente amistosa, ya lo sé, y tenía un claro componente comercial. Pero no quita que las pocas veces que salí con las muletas de casa, estuvo muy majo, preguntando qué me había pasado y animándome cuando veía mis progresos rehabilitantes. Un día le pregunté si quería algo de comida o bebida y me dijo que prefería el dinero: su respuesta me hizo pensar que quizá un padrino negro controlaba las puertas de los supermercados y que los que pasaban horas y horas delante de la puerta tenían que pasarle un porcentaje de sus ganancias.

El caso es que el jueves llegué a casa a eso de las cinco y no le vi. El viernes no pasé por ahí en su horario habitual pero el sábado tampoco acudió a su puesto. Y hoy no está tampoco. No sé cuándo volverá  y ni siquiera sé cómo se llama ni si le habrá pasado algo. Y me gustaría saberlo.

Pico del Nevero

La rodilla no está como estaba, pero he decidido que, en todo caso, iba siendo hora de salir al campo a ver que tal respondía. Y responde. No como respondía antes pero responde. MMA dice, vía conversación instantánea, que tengo que hacer cuádriceps para que la rodilla se quede bien del todo, pero mientras me decido a ir a un gimnasio o a improvisar un aparato casero, salgo al campo. Así que un domingo a las 11 de la mañana dos coches se encuentran en lo alto del puerto de Navafría. Uno ha subido por la vertiente segoviana y el otro viene de Mad. Los ocupantes descienden e inician la ascensión por el cortafuegos que marca la línea de cresta y, ya de paso, la divisoria entre las dos provincias ya citadas. A la una hay que parar a darle el potito a A y un poco más tarde los integrantes de la expedición hollan la cumbre del Nevero bajo nubes amenazantes. Después de comer, y mientras zanganean un rato, son asediados por enjambres de hormigas voladoras mordedoras. Así que deciden bajarse, esta vez por la pista, que aunque es tres veces más larga que el cortafuegos, es menos empinada. A las cuatro y algo A se duerme y sus padres tienen que bajar los diez kilos de niño en brazos, alternándose cuando los brazos no dan más de sí. Al final, llegan a donde convergen los pinos y cada coche baja por su lado.