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9 de octubre de 2005

El balneario

Nada mejor después de una caminata que acudir a la cita con las aguas termales de Lavey. Tumbarse en los jacuzzis contemplando los montes del Valais y pensar en la suerte de ser un españolito en Suiza y no un subsahariano en Melilla. Poder dedicarse a subir montes en vez de a ascender alambradas. En fin, si ellos no lo consiguen, lo conseguirán sus hijos y puede que quieran cobrarse los daños y perjuicios.
Entre tanta reflexión, llega el momento de pasar a la sauna. Es un invento magnífico para quitarse orondeces y desatascarse las vías respiratorias. Hace poco abrieron un sitio nuevo, la noche polar, dónde recomiendan pasar después de la sauna. Es una habitación llena de cubitos de hielo, que caen de agujeros en el techo y de una especie de fuente de cubitos. Recuerdo que la primera vez que entré había dentro una chica rubia. Estaba bastante buena, todo hay que decirlo. Abrí la puerta y vi como se metía unos cuantos cubitos por dentro de la parte de abajo del bikini. Me sentí poseído por el espíritu de Alfredo Landa. La chica se dio la vuelta, me miró un segundo, abrió la puerta y se fue. Prometo que no fue un sueño, porque en un sueño habría acabado toda la noche polar como el rosario de la aurora. Además, aquella vez no venía Ella y ya se sabe que la falta de amor, aparte de llenar los bares, produce extraños efectos en la frágil personalidad masculina.
Tras el inciso de la sauna, y la ducha fría posterior, vuelvo a los jacuzzis del exterior a ver como cae la noche. Ella dice que parece mentira que nos acostumbremos tan fácilmente a estos pequeños lujos que nos damos de vez en cuando. Yo me tumbo, cierro los ojos, y dejo que las burbujas hagan su trabajo mientras pongo la mente en blanco.

1 comentario:

Anónimo dijo...

lo de los cubitos de hielo me parece demencial se debe quedar todo encogido en vez de relajado, pero bueno habrá que probarlo