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23 de mayo de 2012

Avistar o no avistar

El tiempo que se emplea en ir al trabajo puede aprovecharse para distraerse con la lectura o la música, para hacer ejercicio físico o, como he descubierto recientemente, para avistar aves. Reconozco que el hecho de trabajar en un vertedero nuclear urbano, rodeado de parques y jardines, favorece esta afición, ya que al densificarse el tejido urbano disminuye la cantidad de especies observables. A su vez, los avistamientos tienen truco, ya que uno  ya se ha informado de las especies que más o menos se pueden encontrar por la zona y ha estudiado ávidamente sus características.

Así que no me sorprendo un día, bajando hacia el curro, cuando observo en unas ramas en un solar un par de pajarillos jamás vistos, pero que tardan un rato en alzar el vuelo permitiéndo hacerles la ficha: Cabeza negra con mejilla blanca y dorso gris. Esto debería ser un parus ater, ya que el otro parus presente en la zona, el parus major, tiene la cabeza igual pero es de colorines y algo más grande.

Tampoco me sorprendo el día que yendo a los laboratorios del grupo en la otra punta de Mad, observo gran actividad avícola en los huecos de un edificio. Aproximándome, descubro numerosos nidos de barro en la pared, así que los sospechosos, como ya se explicó, están contados. Y en este caso más, ya que los nidos del apus apus son distintos. El aproximarse a estas aves tiene sus riesgos ya que, cual terribles bombarderos de carne y hueso, son capaces de cagar en pleno vuelo ignorando la buena voluntad del ser que se aproxima con un interés puramente científico. Protegido bajo un árbol, observo sus evoluciones y cuando distingo el obispillo blanco, se produce de nuevo el milagro del avistamiento e incorporo al delichon urbicam a mi lista de latinajos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ya decía yo que el amanecer del mundo se abría en tus ojos.
ex-v