C sabe que un hombre bien alimentado da menos problemas, así que me lleva a la bonita localidad guadalajareña de Sigüenza, me aloja en un castillo con fantasma y me da de cenar y de desayunar a la mañana siguiente en un buffet libre a volonté. Tras salir del castillo, salimos a pasear por las cuestas de la ciudad. En la parte baja del pueblo hay un parque, nos sentamos en un banco y oigo un ruido familiar en las ramas del árbol que nos acompaña. Localizamos a un parus ater, bello pajarillo relativamente común en parques y jardines urbanos y me lanzó a fotografiarlo con el camarón de la isla. Dado el pequeño tamaño del susodicho y, a pesar de encontrarnos a metro y medio de distancia, no sale muy grande. Pero queda capturado fotográficamente para la eternidad.
Volviendo a Mad, vamos en el coche cuando, para nuestra sorpresa, una manada o rebaño o bandada de gyps fulvus está posada en los campos que hay a ambos lados de la carretera. Aparco el coche en la entrada de un camino y, desafiando las gélidas temperaturas, me acerco camarón en ristre, cual amigo Félix redivivo, a las alimañas, que nada más verme despegan dispuestas a devorar a esa bola de carne recién cebada que se aproxima. Me protejo bajo un árbol seco pero pasan de largo, dándome tiempo a inmortalizarles en diversas poses. Ha sido una suerte encontrarlos posados, mi carrera de ornito-fotógrafo acaba de empezar.
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