Durante meses, el queso permaneció en la nevera sin abrir, siguiendo las recomendaciones del quesero que nos lo vendió a primeros de agosto. Sólo salió un par de veces para que se le limpiara la corteza y se le untara en aceite, para alejar a los mohos y a los malos espíritus. A C, sin ser mal espíritu, también le alejaba un poco el aroma que desprendía el queso, que acabó por impregnar toda la nevera y parte de los alrededores.
A finales de Diciembre, el queso fue cortado en dos mitades y repartido entre la familia. La otra mitad quedó en casa de sus curadores que, poco a poco, fueron dando buena cuenta de él. La última cuña está aún en la nevera, recordándonos lo bien que huele el jodío y lo bien que entra, sólo o con pan.
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