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21 de julio de 2015

Vuelven los rescatadores

Tras el episodio rescatadoril del año pasado, este año nos vemos sometidos a una nueva prueba aún más difícil. Todo comienza un lunes por la tarde en este achicharrante verano madrileño, cuando recibo la llamada de C, que ha visto, en su camino de vuelta a casa, un ave de porte considerable en el suelo con problemas para volar. Cojo un taxi y llego al lugar de los hechos. C me señala algo debajo de un árbol. Yo voy con la idea de que es un milvus migrans, que por estas fechas se acercan a sobrevolar la CU y la Dehesa. Como ya es un poco tarde para llevarlo a Brinzal, llamo a Grefa y me informan de que su equipo de rescate está saturado, que tardarán en llegar y que probablemente la policía municipal no quiera hacerse cargo del animal. Me pide también que intente describir al animal, yo le digo que creo que es un milvus migrans, pero me vuelve a pedir que lo describa. Ligeramente ofendido en mi amor propio de ornitólogo de baratillo, me acerco con cuidado al bicho y empiezo a cantar las características: dorso marrón, barras negras, y tamaño algo mayor que una columba palumbus. En ese momento le veo la cabeza y me digo que de milvus tiene poco. Mi interlocutor me dice lo mismo, que parece más bien un falco tinnunculus. Así que me retracto y recibo una cura de humildad, que nunca está de más.
Como acabo de decir, las curas de humildad nunca están de más. C se va a buscar una caja de cartón para transportar al falco y cuando vuelve llega el momento de la captura. Como no tenemos nada a mano, me quito el polo y me aproximo sigilosamente al animal. Cuando estoy a su lado, se me queda mirando. Yo también me le quedo mirando, sin atreverme a lanzarle el polo por encima para inmovilizarlo. Sale medio volando, medio andando y se para al borde de un terraplén. Me vuelvo a acercar y vuelvo a no atreverme a cogerle y vuelve a salir planeando. Llega hasta el edificio de enfrente y se posa en una reja donde nos encontramos con un señor. Como el señor es geólogo, cuando le planteamos nuestro dilema, ni corto ni perezoso, se sube por la reja y lanza mi polo con decisión, no como otros, sobre el bicho. Baja y a la caja.
Ahora sólo queda llegar hasta Majadahonda a dejar al bicho, así que nos ponemos a esperar pacientemente a que venga un taxi, que esto de no tener coche es lo que tiene. No aparece ningún taxi, porque la CU en verano es lo más parecido a un mundo post-apocalíptico, pero sí que vuelve a aparecer el geólogo, que va a las Rozas, así que se ofrece a llevarnos hasta Grefa.
Llegamos allí, salen a recibirnos y sacamos al paciente de la caja. Resulta ser una cernícala adulta que está un poco planchada, pero esperamos que la puedan recuperar y devolverla a surcar los limpios cielos madrileños.

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