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16 de junio de 2015

La vida real

Me escapo un rato de la urbe y me voy por ahí a ver cosas. Bajo del autobús y camino un rato por una pista entre árboles hasta el embalse. En un poste está posado un milvus migrans y a mi alrededor pegan saltos entre las ramas un montón de parus major. Una vez al lado del agua, veo un bicho dando vueltas. Lo fotografío para acordarme de él y resulta ser un charadrius dubius. No está mal para empezar.

En la orilla de enfrente veo un bicho grande. Lo veo con los prismáticos, porque ya se sabe que para fotografiarlo en condiciones necesitaría un pepino más gordo. En fin, el bicho grande, una ardea cinerea, en un momento dado se queda parado al borde del agua mirando algo fijamente. Miro yo también y veo una mamá pata, sin determinar, con un montón de patitos nadando a su alrededor. La pata mira a la ardea, la ardea mira a la pata, y en un momento estira la cabeza, pilla un patito con el pico y sale volando perseguida por la madre pata. Mientras me planteo qué haría yo si fuera madre pata (proteger a los patitos restantes o intentar rescatar al patito secuestrado) la ardea se sube a un árbol a comerse el patito. La pata vuelve con los patitos supervivientes.Yo me quedo traumatizado por el horrendo espectáculo de la lucha por la supervivencia en la naturaleza y me vuelvo a la ciudad a comerme un filete por el que no he tenido que mancharme las manos de sangre.

1 comentario:

sincriter´s critic dijo...

¿Será por la crisis? ¿Será por el cambio climático? ¿por el cambio político? ¡Quién sabe! Lo que sí se conoce desde hace tiempo es que las aves se comen a otras aves. Lo aprendí, como usted mi querido E, por un horrendo espectáculo cuando era pequeño. Estaba, como tantos y tantos otos niños, pasando el día en el zoo, cuando los pelícanos (ahora no hay) se estaban aburriendo y se retaron a un partido de tenis. Lamentablemente no había pelotas para jugar, pero sí un polluelo de gallina. El partido duró 10 minutos, después de pasárselo de pico a pico se debieron de aburrir, ya no piaba la pelota, y lo dejaron en el suelo bajo la mirada incrédula de decenas de personas, eso no despistó lo más mínimo al juez de silla, una urraca, la cual rauda y veloz trincó al polluelo con su pico y se lo llevó a la rama de un árbol para comérselo. Debía de estar en su punto, cual pulpo después de golpearlo.
El otro apunte menos dramático es el siguiente, hace cinco años paseando por faunia una grulla coronada se abalanzó con su pico sobre mi zona escrotal, falló para mi inmensa alegría.