Hacemos una pausa cuando parece que llegamos ya a nuestro objetivo. No nos hemos cruzado con mucha gente: un señor sólo y un grupo de ciclistas en plan mad max de los que se dedican a tirarse por toda trocha que encuentran en el monte. Se lo digo así a A, que qué suerte poder encontrar aún sitios tranquilos y despejados de gente en la sierra. En cuanto reanudamos la marcha, aparece de repente un grupo de unas veinte personas, en lo que parece una excursión organizada. Una vez llegados, nos acompañan seis vacas y, brevemente, un señor con una gorra roja que ha llegado de no sabemos dónde y se baja por el camino por el que hemos subido nosotros. No hay manera de escaparse de la masa. Puede decirse que nosotros también somos masa y que por mucho que intentemos considerarnos individuos, masa somos y en masa nos convertiremos.
Comemos un poco mientras las vacas pastan tranquilas a nuestro alrededor. Después de un rato, emprendemos la bajada y la masa, al menos por unas horas, abandona este idílico rincón.
P.S. Más masa en esta simpática lectura.
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