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1 de octubre de 2016

Tokyo

Después de la visita a Kyoto, había que aprovechar el abono del tren, así que el destino evidente era Tokyo. A la ida no me había dado tiempo más que a cambiar de aeropuerto, así que había llegado el momento de sumergirse en la capital nipona. No sé qué decir. Hay mucha gente, las estaciones de metro y tren se extienden por debajo del suelo, llenas de tiendas, de restaurantes, de salidas a centros comerciales y, afortunadamente, de servicios, cosa que sería digna de imitar en otras ciudades. Otra cosa que llama la atención es que la gente deja sus bicicletas en la acera o en la puerta de su casa sin cadena. Parece ser que los japoneses se distinguen por no llevarse cosas, cosa que a un español le parece impropio de seres humanos.

 Paso dos días en Tokyo. El primero nada más salir de la estación central me dirijo hacia los jardines del palacio imperial. Cuando llego allí empieza a caer la del pulpo, así que voy andando un rato hasta que encuentro la boca de una estación de metro y me pierdo por el inframundo. Los pasillos son enormes, suelen estar llenos de gente y te podrías pasar el día ahí dentro sin tener que salir para nada. Cojo el tren y me voy a mi barrio, a Shinjuku. Se me ha ocurrido coger el hotel en una zona, Kabuchiko, que luego resulta ser un barrio rojo, pero que mientras no te metas en los bares no hay problema. Mis vicios son otros, los pepinos y los camarones, y a esos vicios sí que me entrego sin freno. El problema es que después de la revelación que supuso la tienda de Kyoto, estas otras veces ya no son lo mismo. Se ha perdido la emoción de aquella primera vez y aunque me dedico a probar casi todos los modelos del mercado fotográfico salgo de las tiendas con una cierta desilusión: no será aquí donde me compre el camarón definitivo. El yen está muy fuerte y los precios al cambio no resultan especialmente interesantes.

En fin, el domingo me voy andando desde mi barrio hasta el centro. Veo luego que son casi 11 kilómetros, así se explica que haya tardado cuatro horas. Me paro en un parque a ver a la gente jugando al béisbol. Me paro en otro parque a ver a la gente que sale de una feria de trajes tradicionales japoneses. Me paro en otro parque a ver un concierto al aire libre. Entre parque y parque, cojo la línea Yamamoto y voy de acá para allá, sin rumbo fijo, hasta que después de doce horas de acá para allá decido que es hora de volverme al barrio y cenar algo. Me como un ramen en un bar que hay cerca del hotel y me recojo.

A la mañana siguiente he quedado a desayunar con C que tiene una visita de trabajo a la sede de su empresa en Tokyo. Siempre hace gracia encontrarse con la gente en estos sitios exóticos, sobre todo teniendo en cuenta que él y M están en Singapur y que no nos vemos todos los días. Después quedo para tomarme un café con un amigo de F que tiene una empresa en Tokyo que se dedica a montar plantas solares en Japón. Cómo son estos emprendedores. En fin, a las 11h20 estoy en la estación central de Tokyo. Después de pillar la comida para el viaje de vuelta, me monto en el shinkansen Hayabusa y me bajo en Shichinohe-Towada. Cojo el coche y en una horita estoy de vuelta en Rokkasho, donde, como de costumbre, no hay nadie por la calle.

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