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5 de febrero de 2013

Paquete sorpresa

Llego a casa y tengo un aviso del cartero que avisa que volverá a pasar más tarde. Cumple con lo avisado y trae un paquete misterioso. Lo abro y encuentro una oveja, un queso, un lomo y un trozo de papel. Supongo que no lo habrá escrito la oveja. Deduzco, por la forma y el olor del queso y, en parte, por el nombre del remitente, que se trata de una maniobra de los M-P para atufarme la casa. Malditos. Tendré que comérmelo rápido o comprar máscaras de gas para todos los vecinos. Qué dilema.

Fotografía ornitológica y onomástica

C sabe que un hombre bien alimentado da menos problemas, así que me lleva a la bonita localidad guadalajareña de Sigüenza, me aloja en un castillo con fantasma y me da de cenar y de desayunar a la mañana siguiente en un buffet libre a volonté. Tras salir del castillo, salimos a pasear por las cuestas de la ciudad. En la parte baja del pueblo hay un parque, nos sentamos en un banco y oigo un ruido familiar en las ramas del árbol que nos acompaña. Localizamos a un parus ater, bello pajarillo relativamente común en parques y jardines urbanos y me lanzó a fotografiarlo con el camarón de la isla. Dado el pequeño tamaño del susodicho y, a pesar de encontrarnos a metro y medio de distancia, no sale muy grande. Pero queda capturado fotográficamente para la eternidad.

Volviendo a Mad, vamos en el coche cuando, para nuestra sorpresa, una manada o rebaño o bandada de gyps fulvus está posada en los campos que hay a ambos lados de la carretera. Aparco el coche en la entrada de un camino y, desafiando las gélidas temperaturas, me acerco camarón en ristre, cual amigo Félix redivivo, a las alimañas, que nada más verme despegan dispuestas a devorar a esa bola de carne recién cebada que se aproxima. Me protejo bajo un árbol seco pero pasan de largo, dándome tiempo a inmortalizarles en diversas poses. Ha sido una suerte encontrarlos posados, mi carrera de ornito-fotógrafo acaba de empezar.

Lo que queda del queso

Durante meses, el queso permaneció en la nevera sin abrir, siguiendo las recomendaciones del quesero que nos lo vendió a primeros de agosto. Sólo salió un par de veces para que se le limpiara la corteza y se le untara en aceite, para alejar a los mohos y a los malos espíritus. A C, sin ser mal espíritu, también le alejaba un poco el aroma que desprendía el queso, que acabó por impregnar toda la nevera y parte de los alrededores.

A finales de Diciembre, el queso fue cortado en dos mitades y repartido entre la familia. La otra mitad quedó en casa de sus curadores que, poco a poco, fueron dando buena cuenta de él. La última cuña está aún en la nevera, recordándonos lo bien que huele el jodío y lo bien que entra, sólo o con pan.