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3 de septiembre de 2016

La semana del tifón

El lunes llega el aviso de que el tifón Lionrock se aproxima a Japón. El martes a las dos de la tarde nos avisan por megafonía que nos vayamos. Obedezco las órdenes y me voy. A esa hora sólo se nota un viento algo fuerte en la carretera. Me encierro en la habitación de hotel y a las siete de la tarde,cuando ya se ha puesto el sol, se oye que viene el viento con fuerza. A las diez el tifón ya se ha ido y se ha quedado el cielo despejado. A la mañana siguiente, en el comedor del hotel, está la tele puesta y se ven imágenes de inundaciones y coches arrastrados pero en esta zona los efectos no han sido nada destructivos. Mejor, ya que este es mi primer tifón y prefiero algo tranquilo para ir abriendo boca.

La semana transcurre entre llegadas de antiguos colegas que se vienen a trabajar aquí y la salida de otros que se vuelven a España tras su misión japonesa. Entre pitos y flautas nos plantamos en el viernes después de descubrir que el 19 y el 22 de septiembre son fiesta en Japón: el día de los ancianos y el equinoccio de otoño, respectivamente. Así no hay quien termine un acelerador, hombre, con tanta fiesta. El viernes por la tarde encuentro un folleto en inglés en la sala de la máquina de bebidas sobre los encantos naturales del pueblo en el que resido temporalmente,


Para llegar a Rokkasho (六ヶ所村) desde Misawa (三沢) se sigue una carretera que va siguiendo la costa, aunque el mar casi no se ve nunca porque hay un bosque en medio. En la zona hay varias marismas permanentemente inundadas y justo antes de llegar a Rokkasho se cruza el puente que pasa sobre la marisma Obachi. Ahí se ve siempre algún bicho: gaviotas indeterminadas, garzas que podrían ser reales o no y garcetas grandes o similares. Algunas especies, como el milvus migrans, son aquí las mismas, mientras que las tórtolas, parecidas a la europea, son de la especie streptopelia orientalis y los cuervos parece ser que son cuervos picudos, o corvus macrorhynchos.

La carretera 338 sale desde Rokkasho hacia el norte. Al final de lo que es el término municipal está el cabo Monomi, con su faro y con sus vistas de los acantilados cercanos. Supuestamente, también hay una cascada que cae directamente al mar pero que no somos capaces de encontrar. Rodeando al cabo y descendiendo hacia el puerto cercano, hay unas cuantas casas y varios edificios de actividades varias portuarias. También hay un montón de gaviotas y de cuervos.

El pepino se ha quedado en casa y estoy armado únicamente con mi 35mm. Como ya he dicho otras veces, más vale ave colaboradora que pepino en mano. En el puerto me encuentro con este bicho. Por el plumaje debe de ser un juvenil de la especie que sea y es bastante más grande que el resto de las gaviotas adultas que se ven por la zona. No tengo ni idea de lo que puede ser. La identificación de gaviotas, salvo las especies más comunes, roza en ocasiones con las artes oscuras, dados los pequeños detalles que permiten distinguir unas especies de otras y las variaciones de plumaje en función de la edad.

Para terminar la ruta del día, visitamos el templo budista de Osorezan. El templo está a la orilla de un lago, rodeado por montañas y con varias surgencias de aguas sulfurosas que hacen las delicias de nuestras pituitarias. Alrededor del templo, hay varias estatuas de Buda,  de tamaños diversos, a las que la gente deja comida, bebida, dinero o unos molinillos de colores. Encontramos un grupo de unos diez turistas americanos, los primeros guiris que vemos por aquí, aparte de nosotros mismos.

En fin, que se termina mi segunda semana de estancia en Japón. Sigo sin echar de menos la comida española, ni siquiera el queso. No sé cómo me readaptaré al desayuno que llevo tomando toda la vida y no sé si echaré mucho de menos el arroz cuando vuelva a Mad. Ya veremos. En próximas conexiones continuaré informando del desarrollo de los acontecimientos en mi misión japonesa.


26 de agosto de 2016

Tribulaciones de un supeingo en Nihon

El gobierno español decide cerrar los cofres a finales del mes de Julio, esto quiere decir que manda a sus científicos y tecnólogos a recorrer mundo con una mano delante y otra detrás.
El que suscribe sale de Mad, llega a Hensilki, sobrevuela Rusia y aterriza en Japón cuando el sol ya ha nacido. Algo estresado por tener que cambiar de aeropuerto en Tokyo, consigue efectuar el tránsito sin problema. Llega a Haneda y allí se dedica a dar vueltas por los pasillos del aeropuerto, rodeado de japoneses por todas partes, hasta que embarca en el vuelo que le conducirá a Misawa. En Haneda le da tiempo a probar el invento japonés definitivo, el wáter con chorro.

Misawa, aparte del aeropuerto civil, tiene una base militar japo-estadounidense. La terminal es minúscula y cuando salgo me esperan los del coche para llevarme a la agencia. Un simpático señor me cambia el GPS al inglés, carga mi destino y, tras un rato que se me hace relativamente largo porque lo de conducir por la izquierda me resulta raro, aparezco en el Hotel Rich, en Rokkasho, donde pasaré las próximas 8 semanas.

Estoy incomunicado, así que me meto a cenar y cuando estoy terminando aparece el doctor P, que lleva aquí dos meses con la familia, a interesarse por mi estado de salud. Aprovechan de paso para mostrarme el pueblo y su centro comercial, donde compro unas chuches japonesas que están muy ricas y que todavía no sé cómo se llaman. A la mañana siguiente, me reúno con el resto del destacamento español y nos vamos a las instalaciones donde se está montando el acelerador LIPAc. Allí me reencuentro con el señor M y el señor K y, tras las primeras presentaciones y un breve curso de seguridad a cargo de K-san, obtengo la tarjeta identificativa. Ya puedo trabajar.

En fin, que se termina la primera semana. De momento, me voy acostumbrando a tomar arroz blanco en desayuno, comida y cena y ya casi no le doy a los limpiaparabrisas cuando quiero poner el intermitente. Descubro también que el relativo buen tiempo que me ha acompañado los primeros días es la excepción más que la norma. Que amanece prontísimo y que a las siete ya es de noche. Y que se ven un montón de bichos en los lagos que jalonan la zona. Si además de todo eso, nos funciona el acelerador, apaga y vámonos.

24 de agosto de 2016

Watashi wa Nihon ni imasu

Tras un largo viaje atravesando toda Europa y cruzando Rusia por la noche, Edunardo aparece en el país del sol naciente. La gente es muy amable y sonriente, así que consigue llegar a su destino sin mucho sufrimiento, a pesar de las dificultades que suponen las señales de la carretera y conducir por la izquierda. No sabemos si nuestro protagonista conseguirá sobrevivir a su estancia y, sobre todo, al trabajo que tiene que realizar. Seguiremos a la escucha.