
Эпиcoдиo IV
Deambulando, deambulando, el lunes decidimos cruzar el Нева e ir a las islas de enfrente, donde Pedro I quería construir la ciudad. Al final, el centro se desplazó al interior porque la gente básicamente pasaba de andar cruzando en barca el río. Los puentes vinieron después. Empezamos el recorrido en los jardines de Marte, dónde arde una llama en memoria de los muertos de la revolución y la guerra civil posterior. El día era claro e incluso hacía una pizca de calor. El puente que cruza el Neva nos llevó a la isla de Petrogradsky. La primera parada fue el crucero Aurora, que está amarrado en la orilla del río. En 1917, los marineros del barco dispararon una salva de fogueo que marcó el principio de la revolución de octubre. Parece mentira, estando delante de este barco, que un acto tan simple desencadenara las repercusiones que tuvo y tiene en todo el mundo. Al lado del muelle donde está amarrado el crucero, debe haber una especie de academia militar de donde no hacían más que salir chavales de unos catorce años en formación y que luego desaparecían por las calles del interior. Nosotros seguimos al lado del río hasta llegar a la modesta cabaña que se hizo construir Pedro I para dirigir los trabajos de la ciudad. La cabaña está de hecho dentro de una casa de ladrillo, hecha posteriormente y en la que se muestran planos de la zona y planos de edificios, calles, etc... escritos en su mayoría en alemán, ya que alemanes eran gran parte de los funcionarios y arquitectos que se encargaron de las obras y de la administración. Después de tomarnos unos блины, llegamos a la fortaleza de Pedro y Pablo, el edificio, dentro de los monumentales, más antiguo de la ciudad. Dentro de esta fortaleza está la catedral de San Pedro y San Pablo, donde están los restos de los zares de Rusia. Por fuera de la fortaleza, que da directamente al río, los peterburgueses se aprovechaban del sol de septiembre recostados contra los muros. Yo me quedé un rato sentado mirando al río, estupefacto todavía por la grandiosidad de todo, del río, de la luz, de los palacios de la otra orilla. El río, que es anchísimo, se congela en invierno. ¿Qué harán estos rusos que están aquí tomando el sol en invierno, cuando está todo oscuro y cuando están a menos 30? En fin, proseguimos nuestro camino, cruzamos otro brazo del río y nos plantamos en la isla Vasilievsky. En la isla Vasilievsky hay un museo algo morboso, pero que estaba cerrado los lunes, así que decidimos entrar en el Museo de Zoología. Es un museo lleno de animales disecados, un poco como el museo de Ciencias Naturales de Madrid cuando me llevaron a verlo hace varios años. La estrella de la exposición es un mamut que sacaron enterito congelado en Siberia. El museo necesita probablemente algo de dinero para mantenimiento pero en cuanto animales, deben estar ahí todos.
Y ya no hubo más. Nos fuimos a cenar a un restaurante georgiano, donde nos pusieron más comida de la que podíamos digerir y nos fuimos al hotel. Al día siguiente teníamos la idea de ir a uno de los paseos de Peter.
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