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10 de octubre de 2016

Últimos días en Rokkasho

El tiempo ha ido empeorando poco a poco y la noche del viernes al sábado la paso bastante frescamente. Salgo por la mañana a dar una vuelta, a pesar de la que está cayendo, y en el observatorio veo una ardea cinerea capeando el temporal como buenamente puede. No hay mucho que hacer, así que paso el día perreando. Cuando vuelvo al hotel, una manta azul se ha materializado sobre mi cama. Gracias a ella, sobrevivo por la noche.

El domingo nos ha citado el señor M a dar una vuelta por las Hakkoda. En teoría la previsión del tiempo es buena, pero una vez en destino sopla el viento, hace fresco, chispea algo y tras dar una vuelta por las surgencias sulfurosas del pie de las montañas nos vamos a comer y luego a un onsen, a darnos las aguas. Aparte, he cometido el simpático error de dejarme la batería de la cámara en el hotel, así que sólo puedo inmortalizar el cambio de color de los árboles con el móvil, mientras cientos de japoneses a mi alrededor pululan con sus 5DS, sus D810 y sus ultra-trípodes.


El lunes, o sea hoy, es fiesta en Japón. El día amanece despejado, pero sopla un viento fuerte desde el oeste que no se puede aguantar. Salgo desde el hotel a estirar un poco las piernas, voy hasta el puerto y allí cojo una pista que lleva hasta el borde de la desembocadura del Obuchi-numa. La pista tuerce luego hacia el interior, siguiendo la orilla. Me encuentro a un señor que está cortando ramas y luego paro en el observatorio. Está todo muy tranquilo hoy. El cignus cignus está escondido entre los juncos de la orilla, supongo que para resguardarse del viento. A su lado hay cinco bichos más pequeños, que supongo que serán actitis hypoleucos, aunque como siempre, y dado mi conocimiento de las limícolas, pueden ser cualquier otra cosa. Me siento un rato y aparece en bicicleta uno de los indios del curro, un chaval joven recién llegado. Charlamos un rato y le mando al puerto, otro de los lugares de interés turístico de la zona. Yo me vuelvo al hotel y aprovecho para escribir este fistro. Los días que nos quedan aquí van a estar cargaditos y llenos de emociones y vaya usted a saber cuando retomo el teclado.

2 de octubre de 2016

Inekari

Tras los dos fines de semana viajeros anteriores, este finde toca quedarse en Rokkasho. El sábado por la mañana he quedado con el señor IM para ir a Misawa a asegurar el vehículo que le acaba de comprar a otro español que se acaba de ir de vuelta a las españas después de siete años en los japones. Antes de recogerle, me paso por el mirador del Obuchi-numa a ver qué se cuece. Aparte del cignus cignus y de las ardea cinerea y las ardea alba de costumbre poco hay. Así que tras un rato recojo a IM y nos vamos a Misawa.

Misawa está a unos cuarenta kilómetros de Rokkasho. Tiene aeropuerto, base militar conjunta japonesa-estadounidense y, supuestamente, mucha más animación que Rokkasho. El problema es que los cuarenta kilómetros se hacen pesaditos, dado que la carretera no es para tirar cohetes y si encima la haces a oscuras (como suele ser habitual dada la peculiaridad del horario japonés) se hace eterna. A pesar de eso, en este sitio hay dos bandos: los pro-Misawa y los pro-Rokkasho. Yo, francamente, no sabría con cuál quedarme si me obligaran a elegir.

 Una vez hechos los trámites del seguro, vamos a comer al restaurante tailandés que nos enseñó un colega francés. La gracia consiste en que te dejan elegir el nivel de picante de los platos, del uno al cuatro. Nos quedamos en el dos, que a pesar de estar marcado como nivel medio a nosotros ya nos llega. Después de comer decidimos ir al museo de la Aviación y la Ciencia pero nos despistamos un poco y acabamos en el océano Pacífico.

 Acabar en el océano pacífico en esta zona del planeta no tiene mucho mérito. Tiene más mérito llegar al museo. Una vez allí, tienen unos cuantos aviones antiguos aparcados en los que te dejan subir (a algunos) y, aparte, unos cuantos  F-16 (y su versión japonesa el F-2) están haciendo pasadas y piruetas a baja altura para celebrar no sé qué.
Con mi nueva arma, el poder de luz luminosa para deslumbrar a los pilotos enemigos, me subo a la carlinga de un F-104. Asombra la cantidad de instrumentos que hay. Cierto es que es un avión de los años 60 y que ya no está en servicio en ningún lado pero te preguntas cómo narices hacían los pilotos para estar atentos a tantos indicadores a la vez y para manejar tanta palanquita. La palanca de mando parece más sencilla, pero lleva también tres botones cuya función ignoro.


En fin,llega el domingo. El otro señor M, que lleva aquí ya unos añitos, nos propone apuntarnos a una actividad que organiza la oficina internacional de Rokkasho. El inekari es la cosecha del arroz. Tradicionalmente se hacía a mano pero ahora se hace con unas maquinitas que te dejan ya el arroz empaquetado en un santiamén. Pero en fin, hay que guardar las tradiciones así que bajamos al campo, guiados por los paisanos locales, y nos ponemos manos a la obra.

Enseñando carne y pisando barro, cortamos los tallos de arroz y los atamos con otro tallo. El trabajo del campo es muy duro para los urbanitas y demostramos poca habilidad y poca gracia. Los paisanos, para que no nos desanimemos, pasan un poco la máquina para acelerar el proceso. La televisión local me hace unas preguntas (vía una intérprete) a las que respondo aleatoriamente y espero que a satisfacción del público japonés.

Al final el arroz queda recogido y apilado en unos listones en un borde del campo. Parece que en enero organizan otra actividad en la que se lo comerán en distintos formatos. A nosotros nos dan de comer después de la faena, unas sopitas de fideos de arroz, claro.
En fin, esperando que este workshop me sirva para algo en un futuro, despido la conexión.

1 de octubre de 2016

Tokyo

Después de la visita a Kyoto, había que aprovechar el abono del tren, así que el destino evidente era Tokyo. A la ida no me había dado tiempo más que a cambiar de aeropuerto, así que había llegado el momento de sumergirse en la capital nipona. No sé qué decir. Hay mucha gente, las estaciones de metro y tren se extienden por debajo del suelo, llenas de tiendas, de restaurantes, de salidas a centros comerciales y, afortunadamente, de servicios, cosa que sería digna de imitar en otras ciudades. Otra cosa que llama la atención es que la gente deja sus bicicletas en la acera o en la puerta de su casa sin cadena. Parece ser que los japoneses se distinguen por no llevarse cosas, cosa que a un español le parece impropio de seres humanos.

 Paso dos días en Tokyo. El primero nada más salir de la estación central me dirijo hacia los jardines del palacio imperial. Cuando llego allí empieza a caer la del pulpo, así que voy andando un rato hasta que encuentro la boca de una estación de metro y me pierdo por el inframundo. Los pasillos son enormes, suelen estar llenos de gente y te podrías pasar el día ahí dentro sin tener que salir para nada. Cojo el tren y me voy a mi barrio, a Shinjuku. Se me ha ocurrido coger el hotel en una zona, Kabuchiko, que luego resulta ser un barrio rojo, pero que mientras no te metas en los bares no hay problema. Mis vicios son otros, los pepinos y los camarones, y a esos vicios sí que me entrego sin freno. El problema es que después de la revelación que supuso la tienda de Kyoto, estas otras veces ya no son lo mismo. Se ha perdido la emoción de aquella primera vez y aunque me dedico a probar casi todos los modelos del mercado fotográfico salgo de las tiendas con una cierta desilusión: no será aquí donde me compre el camarón definitivo. El yen está muy fuerte y los precios al cambio no resultan especialmente interesantes.

En fin, el domingo me voy andando desde mi barrio hasta el centro. Veo luego que son casi 11 kilómetros, así se explica que haya tardado cuatro horas. Me paro en un parque a ver a la gente jugando al béisbol. Me paro en otro parque a ver a la gente que sale de una feria de trajes tradicionales japoneses. Me paro en otro parque a ver un concierto al aire libre. Entre parque y parque, cojo la línea Yamamoto y voy de acá para allá, sin rumbo fijo, hasta que después de doce horas de acá para allá decido que es hora de volverme al barrio y cenar algo. Me como un ramen en un bar que hay cerca del hotel y me recojo.

A la mañana siguiente he quedado a desayunar con C que tiene una visita de trabajo a la sede de su empresa en Tokyo. Siempre hace gracia encontrarse con la gente en estos sitios exóticos, sobre todo teniendo en cuenta que él y M están en Singapur y que no nos vemos todos los días. Después quedo para tomarme un café con un amigo de F que tiene una empresa en Tokyo que se dedica a montar plantas solares en Japón. Cómo son estos emprendedores. En fin, a las 11h20 estoy en la estación central de Tokyo. Después de pillar la comida para el viaje de vuelta, me monto en el shinkansen Hayabusa y me bajo en Shichinohe-Towada. Cojo el coche y en una horita estoy de vuelta en Rokkasho, donde, como de costumbre, no hay nadie por la calle.

22 de septiembre de 2016

Equinoccio de otoño

 Los japoneses celebran los dos equinoccios y, teóricamente, es fiesta. Aunque luego está todo abierto y las carreteras están llenas de obreros trabajando. El único que no trabaja debo de ser yo. En fin, así que salgo del hotel sin rumbo fijo. Como ya he comentado, Rokkasho tiene mucha fauna, muchas marismas y al sur tiene el lago Ogawara (小川原湖). Me acerco a dicho lago, hace un viento impresionante, pero eso no quita para que varios milvus migrans se dediquen a hacer acrobacias aéreas mientras un montón de ejemplares de ardea alba y de ardea cinerea se pasean por los campos de los alrededores.


De vuelta en Rokkasho, me paro un momento en el observatorio que hay al lado del puente que cruza el Obuchinuma, otro lago de agua salobre y, probablemente, radiactiva, dadas las instalaciones que abundan por la zona. A veces me acerco un rato por las mañanas antes de ir al trabajo a ver qué se ve. Estos últimos días he visto un cisne solitario acompañando a las ardeidas y a los ánades. Para mi sorpresa, hoy se me acerca. Igual piensa que le voy a tirar pan, pero se ha equivocado de país. Aunque mi pepinaco se ha quedado en casa, el cisne se acerca lo suficiente para ser inmortalizado. Noto, además, que el color del pico no me cuadra con el de los cisnes que conozco yo, el cygnus olor. Para ayudarme con la identificación hay unos simpáticos paneles en japonés en los que han tenido la cortesía de añadir el nombre científico del animal, resultando ser éste un cygnus cygnus, o cisne cantor. Si es cantor de jazz o de ópera, eso ya se escapa a mi entendimiento.

20 de septiembre de 2016

Kyoto

 El lunes ha sido la fiesta de los ancianos y he aprovechado el fin de semana largo para visitar Kyoto con el señor M. Cuando llego el martes al curro y le comento a un colega japonés que he aprovechado para visitar Kyoto, me recomienda que vuelva en invierno y que en esta época del año llueve mucho.

Efectivamente, llueve bastante. Unas veces más, otras menos y en otras es el sudor el que te empapa dada la humedad ambiente. Pero, en fin, después de un largo viaje desde este rincón norteño, nos pateamos la ciudad buscando templos, recorremos las arcadas comerciales cuando ya han cerrado los comercios e intentamos comer en sitios en los que tengan el menú en inglés, porque de japonés de momento se va bastante justo.
El contraste entre esta ciudad con las calles repletas de gente, aunque diluvie, con la tranquilidad de Rokkasho es estremecedor. La zona del río está llena de gente y de todo tipo de ardeidas, mientras que en los jardines del palacio imperial encontramos a un par de milanos bajando al suelo y revoloteando por encima de nuestras cabezas. También hay muchos turistas, algunos guiris como nosotros y otros producto nacional, y mucha foto en los lugares emblemáticos, sean de la variedad autorretrato o de la variedad fotos de gente que se hace fotos. Para terminar con la fotografía, se nos ocurre entrar, poco antes de llegar a pillar el shinkansen, en una tienda al lado de la estación. Todo tipo de cámaras y objetivos se encuentran a disposición del cliente para que toque, enfoque, dispare, compare y ponga el objetivo en el cuerpo que le de la gana y haga lo que le pete. Que quieres teleobjetivo, aquí hay uno. Que quieres ver si es verdad que esta cámara tira a 10 fps, aquí la tienes. Que si esta, que si la otra. Abrumado y exhausto por la cantidad y variedad de la oferta, salgo de la tienda y nos vamos a la estación. Hay que volver a nuestro tranquilo pueblo del norte, recuperar la paz y abandonar a las multitudes.

10 de septiembre de 2016

Otra semana, otro tifón

Prosigue mi peripecia japonesa en un ambiente laboral enrarecido. El trabajo avanza lento pero seguro y el jueves llega otro tifón. Menos violento que el de la semana anterior pero se pasa toda la noche del jueves al viernes lloviendo y con el viento haciendo ruidos con las ventanas y el tejado. Termina el viernes y nuestro colega T-san ha organizado una fiesta en un bar de Tomari. Entre cantos patrióticos y el espíritu de fraternidad inducido por el biru y los licores locales, nuestros colegas japoneses nos hacen una demostración de las canciones de las series de su infancia, que son también las nuestras.


Lazos culturales from Edunardo on Vimeo.

La noche prosigue en la zona de ocio de Rokkasho, unas cabañas destartaladas en las que hay bares y karaokes. Yo entro en uno con un colega japonés en estado lamentable (son sólo las diez de la noche) y mi colega se pone a cantar. Termina y canto yo. Mientras esperamos al resto de la tropa (que no llegará más que parcialmente y al final) cantamos y cantamos y cantamos, él sus canciones japonesas y yo las anglosajonas, como buen súbdito del imperio yanqui que soy. Aparece también I-san y hacemos unos duetos con canciones de Simón y Garfunka. No queda claro quien es quien pero el resultado es satisfactorio. Cuando llega el momento de pagar, la señora nos pide 15.000 yenes del ala, que paga casi en su totalidad mi perjudicado colega japonés. I-san me explica más tarde que se acaba de divorciar y que invitar al karaoke es su manera de superar sus traumas. En fin. Me acuesto relativamente temprano pero castigado. Me levanto temprano para hablar con mi compañera de piso y, poco después, salgo de casa con la idea de subir a un monte cercano, el 吹越烏帽子 o Fukkoshi-Eboshi, que con sus 3oo y pico metros permite contemplar toda la región, con la bahía de Noheji de un lado y el Pacífico del otro.
 Para llegar al pico hay que pirulear por las carreteras locales, encontrar el cartel adecuado y seguir por una pista. Me meto con el coche por la pista pero cuando llego a un sitio en el que el firme ha cedido en una lado y empiezo a pulirle los bajos al vehículo me decido a dar media vuelta y a dejar el coche en un lugar seguro. Recorro de nuevo la pista a pie, compruebo que me quedaban menos de 200 metros para el aparcamiento y cojo el camino hasta el pico. Al principio voy por un bosque bastante espeso, con abundancia de setas y, según todas las guías, todo tipo de animales salvajes. No veo ninguno, pero unos japoneses con los que me cruzo llevan campanillas para ahuyentar a los bichos. Al final se sale del bosque y por una cresta algo empinada, resbaladiza y en la que sopla el viento que pa qué, llego a la cima. Con mi dominio avanzado del japonés, consigo saludar a dos señores que están tomándose un tentempié, tiro unas fotos y deshago el camino. Espero que el coche esté en buen estado, porque sino me va a salir cara la broma. Seguiremos informando.

3 de septiembre de 2016

La semana del tifón

El lunes llega el aviso de que el tifón Lionrock se aproxima a Japón. El martes a las dos de la tarde nos avisan por megafonía que nos vayamos. Obedezco las órdenes y me voy. A esa hora sólo se nota un viento algo fuerte en la carretera. Me encierro en la habitación de hotel y a las siete de la tarde,cuando ya se ha puesto el sol, se oye que viene el viento con fuerza. A las diez el tifón ya se ha ido y se ha quedado el cielo despejado. A la mañana siguiente, en el comedor del hotel, está la tele puesta y se ven imágenes de inundaciones y coches arrastrados pero en esta zona los efectos no han sido nada destructivos. Mejor, ya que este es mi primer tifón y prefiero algo tranquilo para ir abriendo boca.

La semana transcurre entre llegadas de antiguos colegas que se vienen a trabajar aquí y la salida de otros que se vuelven a España tras su misión japonesa. Entre pitos y flautas nos plantamos en el viernes después de descubrir que el 19 y el 22 de septiembre son fiesta en Japón: el día de los ancianos y el equinoccio de otoño, respectivamente. Así no hay quien termine un acelerador, hombre, con tanta fiesta. El viernes por la tarde encuentro un folleto en inglés en la sala de la máquina de bebidas sobre los encantos naturales del pueblo en el que resido temporalmente,


Para llegar a Rokkasho (六ヶ所村) desde Misawa (三沢) se sigue una carretera que va siguiendo la costa, aunque el mar casi no se ve nunca porque hay un bosque en medio. En la zona hay varias marismas permanentemente inundadas y justo antes de llegar a Rokkasho se cruza el puente que pasa sobre la marisma Obachi. Ahí se ve siempre algún bicho: gaviotas indeterminadas, garzas que podrían ser reales o no y garcetas grandes o similares. Algunas especies, como el milvus migrans, son aquí las mismas, mientras que las tórtolas, parecidas a la europea, son de la especie streptopelia orientalis y los cuervos parece ser que son cuervos picudos, o corvus macrorhynchos.

La carretera 338 sale desde Rokkasho hacia el norte. Al final de lo que es el término municipal está el cabo Monomi, con su faro y con sus vistas de los acantilados cercanos. Supuestamente, también hay una cascada que cae directamente al mar pero que no somos capaces de encontrar. Rodeando al cabo y descendiendo hacia el puerto cercano, hay unas cuantas casas y varios edificios de actividades varias portuarias. También hay un montón de gaviotas y de cuervos.

El pepino se ha quedado en casa y estoy armado únicamente con mi 35mm. Como ya he dicho otras veces, más vale ave colaboradora que pepino en mano. En el puerto me encuentro con este bicho. Por el plumaje debe de ser un juvenil de la especie que sea y es bastante más grande que el resto de las gaviotas adultas que se ven por la zona. No tengo ni idea de lo que puede ser. La identificación de gaviotas, salvo las especies más comunes, roza en ocasiones con las artes oscuras, dados los pequeños detalles que permiten distinguir unas especies de otras y las variaciones de plumaje en función de la edad.

Para terminar la ruta del día, visitamos el templo budista de Osorezan. El templo está a la orilla de un lago, rodeado por montañas y con varias surgencias de aguas sulfurosas que hacen las delicias de nuestras pituitarias. Alrededor del templo, hay varias estatuas de Buda,  de tamaños diversos, a las que la gente deja comida, bebida, dinero o unos molinillos de colores. Encontramos un grupo de unos diez turistas americanos, los primeros guiris que vemos por aquí, aparte de nosotros mismos.

En fin, que se termina mi segunda semana de estancia en Japón. Sigo sin echar de menos la comida española, ni siquiera el queso. No sé cómo me readaptaré al desayuno que llevo tomando toda la vida y no sé si echaré mucho de menos el arroz cuando vuelva a Mad. Ya veremos. En próximas conexiones continuaré informando del desarrollo de los acontecimientos en mi misión japonesa.


26 de agosto de 2016

Tribulaciones de un supeingo en Nihon

El gobierno español decide cerrar los cofres a finales del mes de Julio, esto quiere decir que manda a sus científicos y tecnólogos a recorrer mundo con una mano delante y otra detrás.
El que suscribe sale de Mad, llega a Hensilki, sobrevuela Rusia y aterriza en Japón cuando el sol ya ha nacido. Algo estresado por tener que cambiar de aeropuerto en Tokyo, consigue efectuar el tránsito sin problema. Llega a Haneda y allí se dedica a dar vueltas por los pasillos del aeropuerto, rodeado de japoneses por todas partes, hasta que embarca en el vuelo que le conducirá a Misawa. En Haneda le da tiempo a probar el invento japonés definitivo, el wáter con chorro.

Misawa, aparte del aeropuerto civil, tiene una base militar japo-estadounidense. La terminal es minúscula y cuando salgo me esperan los del coche para llevarme a la agencia. Un simpático señor me cambia el GPS al inglés, carga mi destino y, tras un rato que se me hace relativamente largo porque lo de conducir por la izquierda me resulta raro, aparezco en el Hotel Rich, en Rokkasho, donde pasaré las próximas 8 semanas.

Estoy incomunicado, así que me meto a cenar y cuando estoy terminando aparece el doctor P, que lleva aquí dos meses con la familia, a interesarse por mi estado de salud. Aprovechan de paso para mostrarme el pueblo y su centro comercial, donde compro unas chuches japonesas que están muy ricas y que todavía no sé cómo se llaman. A la mañana siguiente, me reúno con el resto del destacamento español y nos vamos a las instalaciones donde se está montando el acelerador LIPAc. Allí me reencuentro con el señor M y el señor K y, tras las primeras presentaciones y un breve curso de seguridad a cargo de K-san, obtengo la tarjeta identificativa. Ya puedo trabajar.

En fin, que se termina la primera semana. De momento, me voy acostumbrando a tomar arroz blanco en desayuno, comida y cena y ya casi no le doy a los limpiaparabrisas cuando quiero poner el intermitente. Descubro también que el relativo buen tiempo que me ha acompañado los primeros días es la excepción más que la norma. Que amanece prontísimo y que a las siete ya es de noche. Y que se ven un montón de bichos en los lagos que jalonan la zona. Si además de todo eso, nos funciona el acelerador, apaga y vámonos.

24 de agosto de 2016

Watashi wa Nihon ni imasu

Tras un largo viaje atravesando toda Europa y cruzando Rusia por la noche, Edunardo aparece en el país del sol naciente. La gente es muy amable y sonriente, así que consigue llegar a su destino sin mucho sufrimiento, a pesar de las dificultades que suponen las señales de la carretera y conducir por la izquierda. No sabemos si nuestro protagonista conseguirá sobrevivir a su estancia y, sobre todo, al trabajo que tiene que realizar. Seguiremos a la escucha.

3 de abril de 2016

El río aquel

 Dando una vuelta el sábado por la tarde por Madrid Río, a la altura del puente del Rey, veo mucha animación en el agua. Me sorprende un poco encontrarme a una egretta garzetta buscando de comer por el río. Así que me animo y me vengo un rato la mañana del domingo con el pepino, a ver si la encuentro otra vez. Efectivamente, la garzetta sigue por el río, supongamos que es la misma de la tarde anterior, y sigue buscando de comer moviéndose tranquila por las aguas.

El río no lleva mucha agua en estos momentos
así que de vez en cuando asoman los indicios de la presencia humana en estos lugares, sea la litrona de Mahou o sean las bolsas de plástico flotantes: está claro que en esta zona de esparcimiento y recreo los escasos humanos que hacen caso omiso de la urbanidad y las buenas maneras consideran que arrojar basura al río no está tan mal.
En el mejor de los casos, la basura irá al fondo y no se verá. También puede ser que la mierda se la lleve la corriente y tampoco se verá. Puede que la vean otros, pero esto es un problema relativo. Dependerá de la sensibilidad del observador y, en todo caso, a mí qué.
La vida sigue, relativamente ajena a la cerdez humana, y esta anas platyrhynchos se pasea por el río con sus patitos recién salidos del huevo, mientras pone a raya a los machos que se atreven a acercarse. Los patitos vienen y van,  un poco alborotadamente, pero siguiendo a su pata madre la mayor parte de las veces.
La observación del milagro de la vida no consigue apartarme el ojo de la ocasional bolsa flotante o de la esporádica zapatilla abandonada. ¿Qué misteriosa razón lleva a una zapatilla a yacer en el lecho del río? ¿Dónde está la otra zapatilla? ¿Se ha cansado el príncipe de buscar a Cenicienta y ha tirado la zapatilla al río?
El misterio de la zapatilla sigue intrigándome ahora, cuando escribo estas líneas. Ignoro si es una zapatilla de hombre (yo diría que sí) o de mujer. Lo ignoro todo sobre esta zapatilla. Sólo sé que es negra y que ha sido adoptada por las aguas del Manzanares: a la fuerza o de buen grado, eso ya no puedo saberlo.
Dejo las zapatillas y sigo empepinando a los seres vivos que conviven con ellas en las aguas. En este caso, un simpático macho de anas platyrhynchos que se exhibe en el agua. Los anas como padres son algo descuidados y poco considerados, pudiendo llegar a intentar reproducirse por las buenas o por las malas con hembras de su misma especie u otra a las que pillen en un descuido aunque ya tengan patitos

También andan como pollos sin cabeza los machos de columba livia, persiguiendo a toda hembra que se les acerque mientras hinchan el buche, despliegan la cola y dan vueltas sobre sí mismos intentando seducir a la congénere. Si tienen éxito o no, no lo sé, pero ellos no dejan de intentarlo día tras día.
Tras la zapatilla, los plásticos y la litrona, llega el turno de otro de los grandes clásicos del basurismo: el cartón de Cumbres de Gredos. Imprescindible en todo botellón que se precie, ingrediente fundamental del calimocho; cumbre, sí, pero no de Gredos, sino de la enología moderna.
Y terminemos con otro habitante del río al que parece no importarle la basura ocasional. Aunque las guías modernas intentan imponer el nombre de gallineta común (gallinula chloropus), esto es lo que se conoce de toda la vida como una polla de agua. No diga polla, diga gallineta.

6 de febrero de 2016

Tablas

Para festejar mi enésimo aniversario, mi compañera de piso me obsequia con un viaje a la Mancha, con posada en Almagro y parada obligatoria en las Tablas de Daimiel con pepinón. Pasamos el sábado por allí y, aparte de la desafortunada experiencia gastronómica, vemos bichos y más bichos, con mención especial de la laguna de aclimatación en la que recuperan anátidas variadas y que nos sirve de curso intensivo de identificación.

Antes de llegar a la laguna de aclimatación, pasamos por otra por la que se pasea este tachybaptus ruficollis, simpático podicipediforme que no para de zambullirse a ver qué pilla. Esa mala costumbre suya de andarse zambullendo hace que resulte complicado pillarle en superficie. Además, nadan rápido los cabrones.

En la misma laguna que el tachybaptus está esta hembra (sin acritud) de anas platyrhynchos. Aparte de un par de machos de la misma especie, que se pasan el rato capuzando, no vemos nada más. Así que hacemos una pausa para comer y, a la vuelta, es cuando descubrimos la laguna de aclimatación y hacemos el máster en reconocimiento de patos.


He aquí otra hembra. Las hembras de los ánades y derivados suelen ser de colores más discretos que los machos. Juraría que esta pata es una netta rufina. Por supuesto, no me jugaría nada, o quizá sí, o vaya usted a saber. En cualquier caso, su congénere no andaba lejos.


Con éste sí que me lo juego todo. Rufo, del latín rufus, quiere decir, entre otras cosas, rojo. Y este señor tiene rufa la cabeza, rufo el pico y rufo el ojo. Además la luz acompaña, se me pone interesante y me hace ojitos. Qué más se puede pedir.



Siguiendo con los bichos que van por el agua y tienen la cabeza roja o algo así, he aquí la pareja al completo de anas penelope. Ignoro quién les puso el nombre y qué tiene que ver el penelopismo con estos animales. Misterios de la taxonomía.


Otra pareja. Esta es de tadorna tadorna. Menos agraciados que otras especies pero de todo tiene que haber en la viña del señor.





 Seguimos. Aquí lo que yo pienso que es un macho de anas strepera. Podría ser esto como podría ser cualquier otra cosa, salvo una cucaracha o un orangután. Tengo pocas convicciones pero las pocas que tengo son firmes.



Una más. He aquí otro macho, esta vez de aythya ferina. Tanta anátida y cada una de su padre y de su madre. ¿No podría haber una sola especie para evitar la confusión del naturalista aficionado?



Este es un primo del anterior, un macho de aythya nyroca. Según la SEO, este pobre animal está fatal en nuestro país porque cada vez que vemos una mancha de agua, la secamos o echamos las cacas dentro. La aversión del castellano al agua no conoce límites.



Un par de fotos y nos vamos. Otro animal amenazado por la becerrez del ser humano, un macho de oxyura leucocephala. Que venga una especie exótica y se hibride, con violencia, con la tuya propia tiene que deprimir a cualquiera.


Vamonos, que tanto pato me tiene mareado ya. Despedimos la conexión con otro macho (se jodió la paridad en esta entrada) de anas crecca. Ya que es el último, por lo menos que sea bonito.

De pepinos

A la derecha, pepino uno; a la izquierda, pepino dos o pepinón. Poseído por la fiebre consumista y con la creencia de que más distancia focal acerca al pseudofotógrafo al nirvana, el pepinón ha llegado a esta casa para quedarse. Primeros problemas: ocupa espacio y pesa un huevo y parte del otro. Además, cuando lo desenfundas la gente se te queda mirando con los ojos como platos. En fin, a lo hecho, pecho. Ahora solo queda fortalecer los brazos y los dorsales para cargar con él cuando salga de safari.

La expo

Me apunté en octubre pasado a un curso de foto de naturaleza que llevaba aparejado la realización de una exposición sobre fauna y flora en la Dehesa de la Villa. Los dos días del curso fueron un poco catastróficos para la foto faunística: llovía mucho y las horas no eran las más adecuadas. A cambio, había setas por doquier y las gotas de agua sobre las hojas y las flores siempre quedan bien, algo tópicas, pero bien. Consultando con los organizadores y dado que la Dehesa ha visto mis primeros pasos pepinísticos, les envié unas fotos de otros días y les gustaron un par de ellas. Así que allí estoy, expuesto en el centro ambiental, lejos de los focos y la gloria de otros concursos, pero expuesto, al fin y al cabo, hasta finales de marzo.